La metáfora de las manzanas podridas, surgida en la Inglaterra del siglo XIV, advierte que la influencia corruptora de una persona contaminada puede “malograr el barril”. La evidencia científica respalda esta idea: un hongo se propaga rápidamente desde una fruta podrida hacia las demás. En el ámbito laboral, este fenómeno se replica con los empleados tóxicos.

Un estudio de la Universidad de Washington, liderado por Terence Michael, analizó 50 equipos de áreas productivas y descubrió que aquellos con un solo miembro de comportamiento tóxico o irresponsable mostraban un desempeño mucho peor que el resto. Esto explica por qué un trabajador con mala actitud influye más en el grupo que uno con buena actitud.

¿Qué define a un empleado tóxico? Es aquel que se comporta de manera dañina hacia la organización, afectando no solo sus activos sino también a su gente. Deteriora la moral de otros colaboradores, lo que tiene implicancias en la rotación laboral, gastos en entrenamiento, deterioro del clima laboral y reducción de la productividad.

Imagina un equipo que solía tener un buen clima laboral, pero que empeoró notablemente tras la llegada de un nuevo colaborador que claramente no está a gusto en la organización y “contagia” su animadversión hacia la empresa a sus compañeros. Con comentarios como “yo solo vengo aquí por mi sueldo”, “en mi anterior trabajo, daban más oportunidades a la gente”, “esto no va a funcionar” o “los jefes acá no tienen la preparación necesaria”, entorpece no solo el trabajo cotidiano, sino también las iniciativas de cambio. Se percibe cómo personas antes identificadas con la empresa muestran ahora una actitud neutra o mala, enfocándose más en el lado negativo de las cosas.

Un estudio de Harvard Business School realizado en 2015 con 60,000 empleados de 11 empresas reveló que, solo por efectos de rotación laboral, un trabajador con desempeño excepcional ahorra más de $5,300 al año a la empresa, mientras que uno tóxico genera gastos de $12,500. Estos colaboradores “tóxicos” suelen estar obsesionados consigo mismos, se creen especiales y superiores, manipulan a sus compañeros y buscan sembrar desconfianza hacia la empresa y sus líderes. Paradójicamente, como a veces tienen mejor desempeño que otros, permanecen más tiempo en la organización. Antes de que puedan “contaminar” a todo el equipo, los jefes deben aprender a lidiar con quienes despotrican de la empresa, pues son como el cáncer que se propaga por toda la organización. La principal responsabilidad de un líder es desarrollar a las personas a su cargo; si se encuentra con alguien que, pese a recibir apoyo y ultimátums, sigue contaminando al equipo, habrá que optar por prescindir del “petardista social” por el bien del equipo y la empresa. Alinear comportamientos es clave para evitar que la mala actitud de unos pocos afecte a todo el grupo.

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