Con más de 1.400 túneles y unos 2.000 kilómetros de galerías excavadas bajo los Alpes, Suiza ha transformado el transporte europeo en las últimas tres décadas. Esta vasta red subterránea, que conecta el país por debajo de las montañas, evita al menos 700.000 toneladas de CO₂ al año como parte de un ambicioso proyecto climático.
El corazón de esta infraestructura es el Nuevo Enlace Ferroviario a través de los Alpes (NRLA), una obra que integra túneles base como Lötschberg, Ceneri y el emblemático Gotardo, el más largo del mundo con cerca de 57 kilómetros. Este corredor permite cruzar la cordillera en aproximadamente 20 minutos, eliminando las pendientes extremas de las rutas tradicionales.
En los trayectos ferroviarios, la luz desaparece, el paisaje se vuelve roca y el viaje continúa en silencio. Detrás de esa experiencia rutinaria existe una estrategia nacional que busca reducir emisiones, desplazar el transporte de mercancías de la carretera al ferrocarril y proteger uno de los ecosistemas más sensibles del continente.
El objetivo, según las autoridades suizas, no es solo reducir tiempos de viaje. La meta principal es "trasladar el tráfico de mercancías de la carretera al ferrocarril para proteger los Alpes". Esta decisión responde a décadas de presión ciudadana y política, incluida la llamada Iniciativa Alpina, aprobada en los años noventa.
El resultado es visible: más del 70% del transporte de carga que atraviesa Suiza ya circula en tren, y la participación del ferrocarril se acerca al 74% en años recientes. El número de camiones que cruzan los Alpes ha descendido de forma significativa desde el año 2000, aunque aún supera los objetivos ambientales fijados por el gobierno. Este cambio estructural se apoya en una estrategia que combina infraestructura y medidas económicas, como tasas a vehículos pesados que hacen menos competitivo el transporte por carretera.
Diversos estudios en Europa indican que el ferrocarril consume aproximadamente una quinta parte de la energía y emite cerca de una cuarta parte del CO₂ por tonelada transportada en comparación con los camiones de carga. En cifras concretas, se estima que el modelo suizo ha evitado cientos de miles de viajes de camión cada año, lo que equivale a reducciones importantes de emisiones de carbono en la región alpina. En 2017, por ejemplo, se calculó una disminución de al menos 700.000 toneladas de CO₂ frente a un escenario sin estas políticas.
Levantar túneles bajo los Alpes implicó un desafío técnico y ambiental de gran escala. Solo el túnel de base de Gotardo requirió la excavación de unos 28 millones de toneladas de roca y el uso de enormes volúmenes de hormigón, con un impacto de carbono asociado que también forma parte del balance del proyecto. Para reducir daños locales, los ingenieros aplicaron medidas específicas: transporte de materiales por tren o barco, sistemas de filtrado de partículas en maquinaria y tratamiento de aguas residuales antes de su retorno a los ríos. Además, se instalaron barreras acústicas y de polvo en comunidades cercanas.
Infraestructura subterránea y adaptación a un clima más extremo
Más allá del transporte, estos túneles y galerías subterráneas también funcionan como escudos frente a riesgos naturales como avalanchas, desprendimientos y tormentas, fenómenos que el cambio climático vuelve más frecuentes e intensos. Así, la infraestructura subterránea permite mantener operativas rutas clave incluso cuando la superficie queda bloqueada, reforzando la resiliencia del sistema de transporte suizo.
Un modelo que otros países observan con atención
El caso suizo no surgió de forma improvisada. Fue el resultado de decisiones políticas sostenidas durante décadas, con financiación estable y consenso ciudadano. El modelo combina inversión ferroviaria, regulación del transporte y planificación a largo plazo. Aun así, expertos señalan que los túneles por sí solos no solucionan la crisis climática del transporte; su eficacia depende de políticas complementarias que obliguen a trasladar carga hacia sistemas más limpios y eficientes. Entre la roca de los Alpes y el silencio de sus trenes, Suiza ha construido una infraestructura que funciona como un país paralelo bajo tierra, en el que la movilidad diaria y la estrategia ambiental avanzan en la misma dirección.
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