En la década de 1930, el régimen de Benito Mussolini impulsó una campaña de reforestación en los Alpes septentrionales de Italia con un objetivo claro: asegurar el suministro de madera. La especie elegida fue el abeto rojo (Picea abies), valorado por su rápido crecimiento y su tronco recto, cualidades que prometían un recurso maderero abundante y constante. Casi un siglo después, un estudio publicado en la revista Ecosystems reveló el costo ambiental de aquella decisión.

Investigadores de la Universidad de Lausana y la Universidad de Milán analizaron dos zonas en los prealpes cercanos al lago de Como: el monte Bisbino y Alpe del Vicere, ambos cubiertos con estos monocultivos de abetos. El equipo comparó tres tipos de hábitat —los propios monocultivos, bosques caducifolios nativos y pastizales de montaña tradicionales— y realizó un seguimiento de las especies vegetales, los artrópodos del suelo y la composición química del terreno. En total, identificaron 136 especies vegetales y 201 especies y morfoespecies de artrópodos.

Los resultados fueron contundentes. La diversidad vegetal en las plantaciones de abeto resultó ser más de un 50% inferior a la de los bosques autóctonos y casi un 75% inferior a la de los pastizales naturales de la región. El número medio de especies por parcela era de apenas siete en los monocultivos, frente a 18,5 en los bosques caducifolios y 37 en los pastizales. Estas cifras se mantuvieron prácticamente sin cambios durante casi 100 años.

El impacto no se limitó a la flora. Las plantaciones afectaron la química y la luz que recibía el suelo, lo que impide el crecimiento de especies autóctonas. Así, lo que en su momento fue una estrategia para garantizar madera y prevenir la erosión se convirtió, con el paso de las décadas, en un factor de empobrecimiento ecológico que redujo drásticamente la biodiversidad en los Alpes italianos.

Italia sembró abetos rojos para prevenir la erosión del suelo y asegurar el suministro de madera. Foto: Árboles con Historia

¿Cómo colapsaron los abetos el ecosistema?

En los Alpes italianos, los diversos paisajes naturales fueron reemplazados por rodales uniformes de abeto rojo, un árbol de hoja perenne que conserva sus agujas todo el año. A diferencia de las especies nativas de hoja caduca como el haya, el arce y el castaño, el abeto rojo mantiene el suelo del bosque permanentemente a oscuras. Esto alteró la disponibilidad de luz, la química del suelo y el hábitat, limitando la recuperación de las especies con el tiempo.

Cuando una sola especie predomina en un área, se reduce la resistencia a enfermedades, plagas y fenómenos meteorológicos extremos. En las plantaciones de abetos, la copa densa nunca permite que la luz del sol llegue al suelo. Muchas plantas que prosperan en los bosques nativos, como la acedera, son geófitas que brotan y florecen a principios de la primavera, antes de que la copa de los árboles se cierre por completo. En un bosque de abetos, ese período de luz nunca llega, por lo que estas especies de floración temprana no pueden establecerse.

Los investigadores hallaron que la biodiversidad se redujo a la mitad en 90 años debido a esta transformación del paisaje. La falta de diversidad vegetal afectó a su vez a insectos, aves y otros animales que dependen de un ecosistema variado. El estudio advierte que la decisión de plantar millones de abetos para asegurar madera terminó generando un desierto ecológico, donde la uniformidad reemplazó a la riqueza natural de los prealpes italianos.

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