La percepción ciudadana sobre el Congreso de la República es lapidaria: para una inmensa mayoría, es "prácticamente un desierto de la inteligencia, el recinto donde sobreabunda la incompetencia y escasea la excelencia". En el imaginario colectivo, el modelo unicameral se ha convertido en "el símbolo de la degeneración política", donde sus integrantes "ofenden la investidura parlamentaria" y la picardía ha reemplazado a la decencia. Frente a este escenario, Alejandro Martorell plantea que "el antídoto más eficaz para contrarrestar el enorme desprestigio que hoy padece nuestra asamblea representativa sea el retorno a la bicameralidad".

El razonamiento parte de una premisa clara: tenemos un Congreso desprestigiado. La solución pasaría por abandonar el modelo unicameral y adoptar el bicameral, con la expectativa de que "la labor legislativa mejore en calidad y se recupere lentamente el prestigio de la labor parlamentaria". Se espera que este diseño le aporte "mayor estatura intelectual a la institución", ya que en el Senado —al menos teóricamente— "predomina la serenidad en el juicio y la tendencia a juzgar reposadamente las cosas". Con la cámara alta, habría "mayor deliberación en el proceso de formación de leyes" y se buscaría su perfeccionamiento.

No obstante, Martorell advierte una desventaja: el modelo introduce "sutilmente un principio de jerarquías". Mientras que en la cámara baja mandan "las bajas pasiones (mayor agitación política, enceguecimiento ideológico)", en la cámara alta priman "los más elevados pensamientos (visión de futuro, reflexividad)". El columnista concluye con un deseo: que con la incorporación del Senado, "los debates y programas parlamentarios sean más razonables y decentes".

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