La vieja narrativa del Mundial, esa que dividía a los equipos entre los que llegaban a competir y los que solo completaban el álbum, se ha derrumbado. Ya no existe aquella época en la que los segundos saludaban, corrían un rato, perdían dignamente y volvían a casa con la satisfacción moral de haber “vivido la experiencia”. Ahora, selecciones como Cabo Verde han roto ese manual de cortesía y no muestran el menor interés en aprenderlo.

Y eso ya es un inconveniente serio para las potencias que todavía viajan al Mundial como si fuera un safari con ciertos rivales simpáticos. Uruguay lo comprobó de primera mano. El equipo charrúa empujó, tuvo momentos, tuvo nombre, tuvo historia… y aun así terminó con la sensación incómoda de que el rival se fue más entero. Hay empates que no se sienten como un punto ganado, sino como una advertencia. Es el tipo de partido donde uno termina revisando el fixture no para ver lo que viene, sino para intentar entender lo que acaba de pasar. Ese detalle es el que los irrita.

Cabo Verde no solo no perdió, sino que jamás perdió el orden, ni pidió permiso. No se cayó cuando el partido se puso serio. Y lo más importante de todo: no pareció sorprendido de estar ahí. Mientras tanto, el mundo sigue con la vieja costumbre de narrar estos partidos como si fueran accidentes. “Sorpresa”, le dicen algunos. “Hazaña”, dirán otros, con una mezcla de ternura y condescendencia. Como si el fútbol aún necesitara autorización de los grandes para comportarse de manera incómoda.

Lo que está ocurriendo es más simple —y más molesto para los nostálgicos—: ya no hay equipos decorativos. La noción de que ciertas selecciones van al Mundial a “aprender” es uno de los últimos grandes delirios del fútbol moderno. Uruguay se topó con un rival que no le temió al escudo, y eso siempre descoloca a los equipos que crecieron creyendo que la historia también juega. Para los románticos del orden natural, el cierre es aún peor: Cabo Verde terminó el partido más entero, sin dramatismo ni épica prefabricada, simplemente más fresco, como si el desgaste fuera una enfermedad exclusiva de los “grandes”. Entonces surge la pregunta incómoda, la que nadie quiere hacer en voz alta: si el “pequeño” no se achica y el “grande” no impone, ¿qué exactamente separa a unos de otros? Este Mundial empieza a parecerse a algo que muchos no habían presupuestado: un torneo donde los extras dejaron de obedecer el guion, e incluso algunos parecen decididos a robarse la película.

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