La IFAB ha establecido, para este Mundial, una norma que permite expulsar a un futbolista por taparse la boca mientras habla con un rival. La sanción, que puede ser una tarjeta roja, se aplica “a discreción del organizador de la competición” y no depende de lo que se dijo, sino del simple hecho de cubrirse la boca. No hace falta demostrar un insulto racista, una expresión discriminatoria ni siquiera una ofensa: el gesto basta.
Esta regla, según el columnista Juan Carlos Gambirazio, pertenece a esa categoría de normas que, en nombre de una causa noble, terminan atropellando el sentido común. Durante décadas, el fútbol castigó hechos concretos: una patada, un codazo, un escupitajo o un insulto comprobado. Ahora se pretende sancionar una sospecha. Es una inversión inquietante de la lógica que siempre rigió el deporte.
La norma nace para combatir el racismo, un objetivo que nadie sensato puede discutir. El problema, advierte Gambirazio, aparece cuando el reglamento deja de perseguir la conducta y empieza a perseguir la posibilidad de la conducta. No es lo mismo. Un jugador puede taparse la boca para evitar la lectura de labios de las cámaras, para impedir que una conversación privada termine viralizada o, simplemente, por costumbre. La nueva regla convierte cualquiera de esas situaciones en un potencial delito deportivo. El árbitro ya no necesita saber qué ocurrió, le alcanza con imaginar qué pudo haber ocurrido.
Gambirazio califica esto como un precedente peligrosísimo. “Las mejores normas son las que castigan con firmeza al culpable. Las peores son las que facilitan castigar al inocente”, escribe. Y se pregunta: si mañana aceptamos que un gesto vale tanto como una prueba, ¿qué impedirá que pasado mañana también se sancione una mirada, un ademán o una interpretación?
El fútbol tiene la obligación de erradicar el racismo, pero también la responsabilidad de no renunciar a un principio elemental de cualquier sistema justo: primero se demuestra la falta y después se castiga. Cuando la sospecha empieza a valer más que la evidencia, el reglamento deja de impartir justicia para administrar presunciones. Y ese partido nunca termina bien.
Diario Correo
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