Con más de 500 páginas, Última parada (Tusquets) es la antología definitiva con la que Fernando Ampuero cierra su etapa en el cuento, género en el que siempre brilló y dejó enseñanza. El escritor conversó con La República sobre este volumen, que reúne sus relatos más representativos, y sobre las razones que lo llevaron a poner punto final a su trabajo en el registro breve. “No lo sé, en verdad. Esto todavía es un misterio para mí —confiesa—. Solo puedo decirte que mi decisión responde al impulso de haberme puesto a trabajar en una selección final, y que ya no deseo incrementarla con nuevos cuentos”.
Ampuerto pertenece a esa estirpe de escritores que siempre tiene cosas que decir. “Basta de antologías”, se dijo a sí mismo. “Pienso que ya es hora de darle otra oportunidad al silencio. Esta será mi última y definitiva antología”. Pero no planea dejar de escribir: leerá mucho, sobre todo poesía, novelas y libros de cuentos —“que para mí son los géneros literarios por antonomasia”—, así como historia y biografías. “Y, por supuesto, escribiré crónicas, memorias, notas sobre literatura, o lo que se me antoje”, adelanta.
Uno de los cuentos incluidos en esta selección es “El departamento”, que apareció originalmente en Deliremos juntos (prolongación de Paren el mundo que acá me bajo). El texto, escrito a inicios de los ochenta, anticipó la espiral de violencia que sacudiría al país. Las lecturas actuales lo consideran uno de los primeros relatos sobre el terror que se vivió en el Perú. Ampuero recuerda esa época con una “creciente sensación de zozobra”. A principios de 1982, cuando publicó el cuento, era muy joven y trabajaba como periodista en la revista Caretas. “Vale decir, manejaba información delicada y poco difundida sobre el terrorismo que nos golpeaba”, explica. “Abundaban los feroces atentados senderistas y poco se sabía de la respuesta del Estado, que, según se hablaba en voz baja, era igualmente feroz”.
“El departamento” narra la historia de un individuo inocente que alquila un departamento en el centro de Lima donde antes vivió un presunto subversivo. La policía, desesperada y con reiterada torpeza, acosa al protagonista hasta convertir su vida en una pesadilla de equívocos. “En ese terrible desasosiego, los peruanos viviríamos 10 años”, sentencia el escritor.
—Última parada abarca desde 1972 hasta 2024 y permite observar la evolución de tu escritura, aunque tu estilo, muy ligado a la oralidad, se mantiene constante más allá de algunos matices temáticos. ¿Llegaste a ese estilo por ensayo y error o fluyó de manera natural?
—A los 19 años escribí mis primeros cuentos y de esa etapa solo rescaté dos: 'Maida Sola' y 'Paren el mundo'. En la quinta reedición de Deliremos juntos, de 1982, incorporé 'El departamento'. Esos tres relatos ya mostraban indicios de una voz narrativa propia y un estilo directo que asumiría después. Antes, claro, pasé por una fase de aprendizaje en la que ensayé todas las estéticas que descubría. Quise ser muchos escritores: quise ser Valdelomar, Borges, Cortázar, Chéjov, Camus, y todos los americanos que recogían la herencia de Hemingway y Fitzgerald. Hasta que, en los ochenta y principios de los noventa, escribí 'Malos modales' y 'Bicho raro', donde solté la mano y empecé a ser el escritor que soy.
—Tu narrativa se caracteriza por la vitalidad. ¿Qué tan importante fue el periodismo en ese aspecto? Varios de tus argumentos surgen de esa experiencia.
—Mencionas la vitalidad, que ha sido el motor para explorar distintos escenarios en mis temas. El periodismo, que al principio vi como un simple trabajo alimenticio, resultó fundamental en mi desarrollo personal. Como he dicho antes, me dio el salvoconducto para estar aquí y allá en el mundo, para mirar y vivir mi época. No hay mejor trabajo que aquel que nos permite ser testigos de tantos acontecimientos interesantes. En cuanto a las redacciones periodísticas clásicas, de la era analógica, Última parada incluye al menos dos cuentos destacados: 'Una vaga astrología' y 'Lobos solitarios'.
—¿'Lobos solitarios' es tu homenaje al periodismo?
—Más que un homenaje, buscaba enaltecer a dos escritores atrapados en el arte de crear ficciones, dos seres intensos que perseveraban en su anhelo de escribir una obra maestra y a quienes los fracasos y frustraciones no detenían. Es cierto que el periodismo nos juntó a los tres en Caretas, en las oficinas del jirón Camaná. Esos personajes, que me marcaron y conmovieron de verdad, batallaban con el lastre de sus ensoñaciones.
"Última parada". Imagen: Difusión.
—La práctica periodística suele ser muy demandante y buena parte de tu obra se desarrolló en ese periodo. ¿El cuento se ajustaba mejor a los tiempos libres que te dejaba el periodismo?
—Exacto, se ajustaba a la perfección. No tenía tiempo suficiente para afrontar novelas largas, así que me volqué al cuento y la novela corta, aunque caí en una trampa: cuajar textos breves suele ser más difícil de lo que se cree. Aun así, me las arreglé y seguí escribiendo literatura; escribí mucho, pero no publicaba, ni siquiera soñaba con hacerlo, porque esto ocurrió en los convulsos años ochenta, cuando el trabajo periodístico me tenía tomado. Algunos amigos me preguntaban si había abandonado la literatura y yo les decía que no, que solo había entrado a un “receso de silencio editorial”.
—'Jamás en la vida' es mi cuento más personal, y el más doloroso de los que he escrito. Me acarreó reproches familiares; a mis primas no les gustó. Mi hermano mayor, en cambio, no me dijo nada y yo interpreté su silencio como una señal de comprensión. A veces las heridas psicológicas no nos dan tregua. 'Jamás en la vida' trata sobre mi madre, sobre la locura de mi madre, que fue una mujer maravillosa y a la que quise mucho. Ella falleció hace más de 50 años y todos los amigos y parientes de su generación también están muertos. El paso del tiempo, digamos, me dio licencia para contar una escena casi gótica que ella y yo compartimos. No diré más. Que el lector juzgue mi ausencia de mesura.
—Hay textos de corte muy intimista. Pienso en 'Jamás en la vida'. ¿Haber escrito de tu madre fue uno de los más grandes desafíos que tuviste como escritor? Creo que es una historia difícil de escribir sin importar si se tiene o no mucha trayectoria.
—Ahora que he estado releyendo cuentos como “Taxi Driver sin Robert de Niro” o “Kim Novak en París”, pensaba en el uso de la primera persona. Se suele decir que en tu literatura está muy presente la autorreferencialidad, pero lo que me deja la relectura es que siempre has sentido mucha comodidad narrando desde la primera persona más allá de usar o no la propia experiencia.
—Te voy a citar tres rotundos principios de narraciones que me encantan: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé”. / “Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados”. / “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, solo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto)”. A mi criterio, la primera persona gramatical pone al lector en situación, y, si el relato marcha bien, te lleva de la nariz hasta la última línea del texto. El lector siente que la historia que le cuentan es de primera mano. En mi caso específico, utilizo el ‘yo’ cuando siento que lo necesito, así como recurro a la tercera persona si requiero establecer cierta distancia y me disfrazo del hombre invisible. “Taxi Driver” y “Kim Novak”, en todo caso, son dos cuentos que perderían mucho si los contara de otra manera. En cuanto a la autorreferencialidad, no confíes tanto en el autor. Si bien algunos ‘Fernandos’ se parecen mucho a mí, otros solo son personajes que enganchan al lector, como en mi cuento “Tanta vida yo te di”. Al fin y al cabo, este lado lúdico de la literatura es uno de sus mágicos encantos.
Foto inédita: Fernando Ampuero y Alfredo Bryce en la librería La Rebelde. Foto: Cortesía.
—La selección de textos va de 1972 al 2024. Una lectura social nos lleva a pensar que los relatos son un reflejo de cómo ha ido desarrollándose la sensibilidad y sociedad peruana en varias décadas. Está la tensión ideológica de los 70 y la crisis económica de los 80; y vemos igualmente estampas sentimentales como en “Tanta vida yo te di” del homónimo libro del 2024. Si eres el escritor que eres, ¿se lo debes a vivir en Perú en donde pasan tantas cosas a nivel social que incide del mismo modo en la cotidianidad?
—El humor es clave en tu narrativa, especialmente en el cuento. —Aquí somos hijos de los escritores satíricos de la colonia y de los costumbristas republicanos del siglo XIX, entre quienes figura Ricardo Palma, el tradicionista de la Lima dorada. El humor es una segunda piel que nos protege de la depresión; muchas veces reímos para no llorar. Ribeyro, gran cronista de las diversas grisuras de nuestra capital, no desdeñaba el humor; su cuento 'Tristes querellas en la vieja quinta' es excelente. Vargas Llosa odiaba el humor, pero cambió de opinión: *Pantaleón y las visitadoras* y *La tía Julia y el escribidor* son grandes novelas humorísticas. En cuanto a Alfredo Bryce, ¿quién lo duda? Quizá sea el autor que más nos ha hecho sonreír y reír carcajadas en el mundo hispano. El sentido del humor enriquece el pensamiento y nos invita a la reflexión. —Coincido contigo, aunque explorar lo que ocurría a mi alrededor fue algo casual: simplemente escribía sobre el día a día. Así pues, en esta última antología, rescato 'Paren el mundo que acá me bajo', un cuento sobre adolescentes de los marihuaneros años setenta, que, dicho sea de paso, lo escribió un autor (yo) que era aún un adolescente. Y luego salté a los cuentos urbanos intimistas, como 'Criaturas musicales', y a los llamados de crítica social, que reflejaban los años ochenta y noventa. En paralelo, mi novela *Caramelo verde*, que se sitúa en la hiperinflación del primer Alan, es asimismo representativa de esa época. José Miguel Oviedo, que la releyó en 2010, sintió que estaba leyendo una novela histórica, algo similar a lo que varios lectores piensan de mis cuentos. De modo que sí: todo se lo debo a la realidad peruana, que es un festín para la literatura.
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