Este Búho aprovechó un par de días libres y noches de insomnio para releer una de las obras que más me impresionó, ahora que se celebra el ‘Día del padre’. Hablo de la monumental obra ‘Pedro Páramo’ del escritor mexicano Juan Rulfo. Un pequeño libro que marcó una revolución en las letras castellanas y, sobre todo, sirvió de influencia a escritores de la talla de Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez.
Si uno pudiera definir, en poquísimas palabras, el argumento de ‘Pedro Páramo’, tendría que decir: ‘Es una novela donde los muertos hablan’. No por nada el gran Borges dijo de ella: “Es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aún de toda la literatura”.
La novela empieza cuando el joven Juan Preciado cuenta que llegó al pueblo de Comala para buscar a su padre, ‘un tal Pedro Páramo’, al que no ha visto nunca en su vida. El muchacho había prometido que iría a buscarlo cuando su madre muriera. ‘No dejes de ir a visitarlo me recomendó (…), no vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro…’. Pero la novela es más que eso.
Hay poesía, filosofía, sentencias que marcarán la erudición, el extraordinario dominio del lenguaje que los críticos no se explican en un Rulfo que quedó huérfano a los diez años y sus abuelos lo enviaron a un orfelinato. Otros señalan que fue la influencia del cura de su pueblo, Irineo Monroy, quien poseía una gran biblioteca, que permitió al pequeñín Juan adentrarse en el maravilloso mundo de los libros.
El mismo escritor confesó, en una entrevista: “El cura irrumpía en las grandes casas haciendas y se llevaba los libros con el pretexto de que iba a ver si estaban permitidos por la Iglesia, pero lo que en realidad hacía era quedarse con ellos”. Novelas de Alejandro Dumas, Víctor Hugo, ‘Dick Turpin’, ‘Buffalo Bill’ o ‘Sitting Bull’. El argumento de ‘Pedro Páramo’ es alucinante.
Juan Preciado llega a Comala y desde el primer instante se adentra en un lugar fantasmal donde el polvo lo inunda todo y reemplaza a la niebla callejera de los cuentos de Allan Poe. Las viejas ruinosas y las mujeres que rezan piden a los vivos —que no existen en el pueblo— que recen por sus almas, porque son solo cuerpos muertos. Sin saberlo aún, el protagonista escucha de boca de sus propias víctimas que todos son hijos de Pedro Páramo, todas son mujeres de él, pero todos han sido asesinados por el hacendado más poderoso y malvado del pueblo. Juan Preciado solo trata de ubicar a ese hombre en un pueblo que parece maldito.
La obra de Rulfo no se cataloga en los extremos de la creación fantástica, como reclama su paisano, el escritor Juan Villoro, sino que la mayoría de críticos la considera la históricamente pionera del llamado ‘realismo mágico’, al que García Márquez daría categoría universal. Lo curioso y extraordinario es que, según los estudiosos, la erudición del autor es la fuente principal de esta obra maestra, pero Rulfo jamás ingresó a la universidad y se ganaba la vida como agente viajero de la fábrica de llantas Goodyear.
Un ensayo sobre Rulfo sostiene que en su juventud, en los años 40, estudió tanto a Rainer Maria Rilke, el poeta favorito de Martín Adán, que transcribió de su puño y letra parte de ‘La elegía de Duino’ del poeta alemán. Escribió solo tres libros en toda su vida y fue en los años 50. Luego dedicó su existencia a su pasión por la fotografía y a trabajar en el Instituto Indigenista, donde publicó la más importante colección de trabajos de antropología antigua contemporánea de México. Sus estudiosos no se explican por qué nunca escribió sobre los indios.
El escritor se casó con Clara Aparicio Reyes, su enamorada de toda la vida, y tuvo cuatro hijos. Aunque en la primera edición de ‘Pedro Páramo’ apenas se vendieron dos mil ejemplares (mil los compró él para regalarlos a sus amigos), con el tiempo fue consagrado como el ‘padre’ del ‘boom de la novela latinoamericana’. Recibió múltiples galardones; el último fue el Príncipe de Asturias de España en 1983. Leerlo es un deber imprescindible, aunque él mismo afirmaba: “Una vez escrita, la obra para mí es como si estuviera muerta”. En su novela no hay ningún personaje indígena; solo los toca de manera tangencial, en un único pasaje en el que llegan a vender hierbas a Comala. ‘Los indios llegan bajo la lluvia y se van bajo la lluvia’, se lee. Cuando le preguntaron al respecto, respondió: “Su mentalidad es muy difícil de penetrar”. Apago el televisor.
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