Estados Unidos es tierra de novelistas y, dentro de su tradición contemporánea, tres voces narrativas de primer nivel son indispensables: Philip Roth (1933-2018), Don DeLillo y Cormac McCarthy (1933-2023). De ellos, nos centramos en McCarthy, cuya novela La carretera marcó un hito en la novelística del presente siglo. Sus ecos apocalípticos dialogan peligrosamente con el mundo actual, amenazado por guerras que podrían volverse globales.
Publicada hace casi 20 años, la obra destaca por su lenguaje minimalista y la emotiva relación entre un padre y su hijo. Se ha convertido en un referente del siglo XXI.
Durante muchos años, McCarthy fue un escritor oculto. Se sabía que vivía escondido en una casa de El Paso, Texas, y hasta se ponía en duda su existencia. Se le vinculaba con la estirpe de los “escritores que odian la fama”, como J. D. Salinger y Thomas Pynchon, con quienes compartía no solo el anacoretismo sino también la consagración crítica y el favor de los lectores.
Pese a ser reconocido como uno de los más grandes narradores norteamericanos vivos, fue la adaptación cinematográfica de los hermanos Coen de su novela No es país para viejos (2005), estrenada en 2007, lo que lo impregnó en el imaginario popular. Esta “impregnación” tuvo un antecedente: el círculo de lectores de la conductora de TV Oprah Winfrey recomendó La carretera. A partir de entonces, el ermitaño empezó a salir más. Un factor emocional influyó: McCarthy tuvo a su segundo hijo, John Francis, a los 66 años. John Francis lo acompañó a la ceremonia de los Oscar del 2008.
En La carretera (2006), novela que obtuvo el Premio Pulitzer de Novela 2007, McCarthy se aparta de su territorio habitual —el sur de Estados Unidos y sus luchas por la supervivencia— para incursionar en la narrativa distópica y posapocalíptica. La historia transcurre en un paisaje norteamericano arrasado, probablemente por una explosión nuclear, donde un hombre y su hijo, sin nombre, avanzan sin cesar por una carretera que los conduce hacia el mar, símbolo a la vez de incertidumbre y esperanza. Hambrientos y cubiertos de suciedad, los protagonistas no tienen más opción que seguir ese único sendero despejado entre bosques y ciudades sepultados bajo la ceniza. Durante el trayecto, el padre es asaltado por recuerdos de su infancia y juventud, avivados por las preguntas ingenuas pero punzantes de su hijo. Pero no son los únicos peligros que enfrentan: bandas de caníbales enfermos y mutilados los acechan, ya sea para robarles las escasas pertenencias que cargan en un carrito de supermercado o para violarlos.
Un aspecto que resalta en esta obra es la asimilación y, al mismo tiempo, el distanciamiento del legado de su maestro William Faulkner, figura tutelar en todos sus libros anteriores. En La carretera, esa influencia se diluye por el uso predominante de un lenguaje minimalista, que en numerosos pasajes evoca a James Ellroy y Raymond Carver. McCarthy recurrió a esta técnica para acentuar la atmósfera asfixiante y derrotista que impregna la novela, atmósfera que, paradójicamente, se convierte en el único vínculo que lo mantenía conectado con el autor de El sonido y la furia.
La carretera, que cumple 20 años este 2026, no es la novela mayor de su autor, pero emociona en su brevedad. McCarthy la escribió para John Francis, y la interacción entre el padre y el hijo pequeño, literalmente, rompe el corazón. Es una pequeña joyita literaria disponible en librerías y plataformas.
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