El mapa del fútbol mundial está siendo redibujado. Durante un siglo, el deporte tuvo un centro perfectamente definido, pero esa imagen empieza a difuminarse. Las jerarquías tradicionales aún existen, aunque ya no intimidan como antes. Y en este nuevo orden, Estados Unidos se ha convertido en uno de sus embajadores más sobresalientes.

Aquella época en la que el gigante norteamericano era apenas un invitado exótico de los Mundiales quedó atrás. Se trataba de un país con recursos ilimitados, atletas extraordinarios y un mercado gigantesco, pero incapaz de trasladar todo eso al deporte más popular del planeta. Parecía condenado a mirar desde la periferia cómo Europa y Sudamérica escribían la historia. El Imperio no podía permitirse eso.

Hoy, Estados Unidos ya no compite desde la curiosidad, lo hace desde la convicción. Construyó una cultura futbolística propia, una identidad impulsada por la MLS que dejó de ser refugio de estrellas veteranas para convertirse en una liga que invierte, forma jugadores y alimenta el crecimiento de su selección. Exporta futbolistas a las mejores ligas del mundo y ya tiene un perfil identificable: atletas con velocidad, disciplina y táctica, cada vez más completos con el balón.

Pero lo más importante no es Estados Unidos en sí mismo, sino aquello que representa. Su crecimiento simboliza el derrumbe del viejo complejo de inferioridad que durante décadas acompañó a los países alejados de la élite tradicional. La historia ya no es suficiente. El dinero bien invertido, la planificación y la formación acortan distancias que parecían insalvables. El fútbol dejó de ser patrimonio exclusivo de algunos.

Ahí está Marruecos, que ya no sorprende cuando compite de igual a igual con una potencia. Costa de Marfil llega hoy al duelo con Alemania convencida de que puede discutirle el partido. En tanto, Suecia enfrenta a los Países Bajos sin asumir un papel secundario. Son realidades distintas, pero todas apuntan hacia la misma dirección.

Los gigantes continuarán siendo gigantes, es ingenuo pensar en el final de las potencias tradicionales. Sin embargo, cada Mundial ofrece más señales de que el resto dejó de pedir permiso para sentarse en la misma mesa. La tradición ya no garantiza el futuro y el complejo de inferioridad parece desvanecerse.

Leer artículo completo en diariocorreo.pe →