“Me gustan los atardeceres tristes” (Peisa, 2025), el más reciente libro de Carmen Ollé, se presenta como una obra inusual que desafía cualquier clasificación típica. Más que una novela o un poemario, el texto funciona como un diario o bitácora donde las reflexiones sobre la muerte se entrelazan con lecturas, recuerdos y experiencias personales, avanzando con un ritmo propio que encuentra orillas inesperadas. La autora inicia esta exploración con el fallecimiento de la nieta de una trabajadora del hogar, para luego desplazarse hacia el suicidio de Ada, una amiga de sus primeros años.

En este camino, Ollé narra vivencias bajo el marco de la literatura —incluyendo su propia obra— para intentar comprender los vacíos e inconsistencias de una realidad que, según sostiene, suele ser menos verosímil que la creación literaria. La autorreferencialidad, el caos y las influencias literarias van de la mano: la autora construye una especie de antología con poemas y textos narrativos de otros autores, mientras aborda temas como el mal, el deseo, la infancia, la poesía y la sabiduría popular, todos alimentando una aproximación al mundo de la muerte. La voz narrativa toma las inquietudes intelectuales y las experiencias personales, entre las que destaca un memorable y breve retrato de Pilar Dughi —narradora de “La premeditación y el azar” (1989) y “Puñales escondidos” (1998)— a través de correos electrónicos que hablan de la muerte como una liberación de las ataduras mundanas, como la necesidad de trabajar, que deja de ser urgente cuando la sombra de la muerte está más que delineada, en el contexto de un diagnóstico médico de cáncer terminal.

Este libro, muy cercano a las memorias “Destino: vagabunda” (2023), presenta una voz íntima y cercana que guía al lector en un camino de descubrimientos a través de sus preocupaciones y cavilaciones. En las primeras páginas, la voz narrativa de Ollé asegura que lo mejor es no recordar ni pensar, siguiendo la recomendación del budista Tipla. “Pero yo siempre pienso y recuerdo”, dice la narradora sobre lo que parece ser un camino ineludible que debe cruzar hasta llegar al sueño y el silencio. Es, en definitiva, un libro melancólico, nostálgico y, como bien indica su título, de una belleza triste.

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