Mateo, un niño peruano de 8 años, fue diagnosticado con diabetes tipo 1 tras llegar a emergencia con vómitos intensos, dolor abdominal y fatiga severa. Su caso, ocurrido hace apenas tres meses, refleja una problemática creciente: aunque la diabetes tipo 1 representa solo el 0,64% de los casos registrados de diabetes en el país, pacientes y especialistas advierten que es una de las enfermedades más desatendidas por el Estado. La falta de insulina, la ausencia de un registro nacional y las brechas en provincias agravan la situación.
La mamá de Mateo pensaba inicialmente que su hijo solo tenía cansancio. Él empezó tomando más agua de lo normal, se levantaba varias veces en la madrugada para ir al baño y comía con más ansiedad que antes, pero al mismo tiempo bajaba de peso. "Seguro es el calor", pensó su familia. Días después, los síntomas se agravaron y el diagnóstico fue inmediato: diabetes tipo 1. Esa es la historia de cientos de niños peruanos.
El médico endocrinólogo Fernando Quinto explica que la diabetes tipo 1 tiene una evolución muy distinta a la tipo 2. Mientras la segunda puede avanzar silenciosamente durante años, la tipo 1 suele aparecer de forma brusca y agresiva. Esta particularidad, sumada a la falta de políticas públicas específicas, mantiene invisibilizada a una enfermedad que afecta a más de 26.000 personas en el Perú.
‘La sed excesiva, la orina abundante, la pérdida de peso y el aumento del apetito son señales claras. Muchas veces debutan en emergencia con cetoacidosis diabética’, advierte la especialista. Esta condición autoinmune se produce cuando el propio organismo ataca las células del páncreas encargadas de generar insulina; sin esa hormona, el cuerpo pierde la capacidad de regular la glucosa, por lo que la supervivencia depende de un tratamiento inmediato y permanente.
En Perú, la magnitud del problema aún es difícil de medir con precisión. Según datos oficiales del sistema de vigilancia sanitaria, al 30 de junio de 2025 se reportaron 26.495 casos de diabetes en todo el país. De ese total, solo 170 correspondían a diabetes tipo 1, apenas un 0,64%. Sin embargo, la cifra genera dudas. Para la ONG Lucas, Una Misión de Vida, el problema de fondo es que el país no cuenta con un registro nacional oficial y actualizado de pacientes con esta enfermedad. ‘¿Cómo compras insulina o planificas atención si no sabes cuántos pacientes tienes?’, cuestiona Mónica Portal, quien lleva más de una década acompañando a familias.
Su propia historia está marcada por esta realidad: su hijo fue diagnosticado a los 2 años y medio. Desde entonces, asegura, ha visto cómo muchas familias atraviesan una doble crisis: la médica y la económica. Porque después del diagnóstico viene otra batalla.
Alertan por posible subregistro
El acceso a la salud es otra grieta profunda. Si Mateo viviera en Lima, probablemente habría llegado rápido a un hospital especializado y recibido atención adecuada. Pero si residiera en una comunidad alejada de Puno, Huancavelica o Loreto, el panorama sería distinto. El médico Quinto señala que esa es una de las mayores debilidades del sistema: “El problema es que en muchas zonas alejadas no siempre se sospecha la enfermedad a tiempo. Como es poco frecuente, muchos médicos del primer nivel no la han visto nunca”. Esto implica que un niño puede ser tratado por una gastritis o una infección cuando en realidad está entrando en una cetoacidosis potencialmente mortal.
La segunda gran barrera es aún más grave: la falta de insulina. Desde noviembre del 2025, organizaciones de pacientes denuncian episodios de desabastecimiento tanto en hospitales públicos como en farmacias privadas. Pero no basta con conseguir insulina. Hay que aprender a contar carbohidratos, medir la glucosa varias veces al día, reconocer hipoglucemias y reorganizar la vida familiar alrededor de la enfermedad. Según la ONG, el costo mensual de mantener a un niño con diabetes tipo 1, sin acceso a tecnologías como monitores continuos, oscila entre S/1.500 y S/1.600. “Muchas veces uno de los padres tiene que dejar de trabajar, al menos durante el primer año”, explica Portal.
La ONG Lucas, Una Misión de Vida, y otras asociaciones enviaron una carta formal a EsSalud pidiendo una reunión urgente para tratar el abastecimiento de insulina y la implementación de la guía clínica para diabetes tipo 1. La razón es clara: para estos pacientes no existe un plan alternativo. “La insulina no es negociable. Si no hay insulina, no hay tratamiento”, resume Quinto. Además, las organizaciones critican decisiones políticas recientes, como el predictamen en la Comisión de Salud del Congreso que busca excluir a los pacientes de los procesos de evaluación de tecnologías sanitarias. Califican la medida como un “grave retroceso” que limita la transparencia y el acceso a tratamientos innovadores.
Mientras tanto, la vida cotidiana sigue su curso. Mateo regresó al colegio, pero ahora lleva consigo un glucómetro, una lonchera medida al detalle y una rutina que ningún niño debería aprender tan temprano. Especialistas aseguran que, con el tratamiento adecuado, una persona con diabetes tipo 1 puede tener una vida larga y prácticamente normal. Sin embargo, esa posibilidad depende de algo básico: que el Estado garantice lo mínimo para sobrevivir. Este miércoles, para muchas familias, eso todavía no está asegurado.
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