La decisión de no seguir estudios superiores se ha consolidado como una tendencia extendida entre las generaciones jóvenes en Perú. Según la 14.ª edición de la Encuesta Gen Z y Millennials de Deloitte, publicada en septiembre último, el 35% de los centennials y el 35% de los millennials en el país afirmó haber optado por no cursar una carrera universitaria o técnica, una proporción que supera el promedio global. Este comportamiento, lejos de ser aislado, refleja un patrón generacional que pone en jaque a la educación superior.

Para Justo Zaragoza, director del Grupo Educación al Futuro (GEF), las causas de esta decisión son, en esencia, económicas y estructurales. “Las universidades públicas son muy difíciles para ingresar. Tienen pocas vacantes y muchos jóvenes deben prepararse dos o tres años para poder acceder”, señala en conversación con Gestión. A esto se suma la limitada oferta y el deterioro de varios institutos públicos, que, según indica, “no inspiran confianza para estudiar”.

Zaragoza también advierte que la reducción de vacantes para nuevos beneficiarios de Beca 18 ha agravado el panorama. “Se anunció que serían 20 000, pero finalmente solo alcanzará para unas 1 800 vacantes. Es decir, llueve sobre mojado”, afirma, al recordar que el programa cumplía un rol clave para jóvenes de menores recursos. Las brechas educativas profundizan estas limitaciones: “Un joven talentoso que viene de una zona rural está en mucha desventaja frente a uno urbano”, explica. Las diferencias en comprensión lectora y preparación previa hacen que muchos no logren acceder a universidades como San Marcos, la UNI o la Agraria sin una formación adicional, espacio donde Beca 18 había funcionado como un mecanismo de nivelación.

Desde la perspectiva institucional, la respuesta a estos cambios ya se está dando. Rosa Moreno Rodríguez, vicerrectora académica de la Universidad Autónoma del Perú, detalla que su casa de estudios ha implementado un modelo educativo con modalidades presencial, semipresencial y a distancia, diseñado para adaptarse al ritmo de vida de los estudiantes. “Esto permite que los jóvenes elijan la opción que mejor se ajuste a sus circunstancias y compatibilicen estudios con trabajo u otras responsabilidades”, indica. En términos de permanencia, Moreno precisa que la flexibilidad también repercute en los costos: “Las modalidades reducen gastos de traslado y tiempo, lo que ayuda a disminuir riesgos de deserción”. A esto se suma un sistema de tutoría y seguimiento que busca identificar tempranamente dificultades académicas o socioeconómicas, así como el acceso a plataformas virtuales y recursos digitales incluidos en la propuesta formativa. La flexibilidad en cómo, cuándo y dónde aprender gana peso en las decisiones educativas de las nuevas generaciones. Foto: Andina/ Referencial. El deseo de emprender aparece como otro factor relevante que pone en jaque a la educación superior. De acuerdo con Deloitte, el 31% de los millennials y el 23% de la Gen Z en Perú mencionan esta motivación para no seguir estudios formales. Para Zaragoza, este interés abre espacio a alternativas distintas a la universidad tradicional, como las carreras técnicas de corta duración vinculadas a sectores con alta demanda, como minería, industria o mantenimiento, que permiten una rápida inserción laboral. También destaca la expansión de cursos virtuales gratuitos y el autoaprendizaje en áreas como programación. “Hoy muchos jóvenes optan por aprender de manera independiente, y ahí hay una oportunidad que el sistema educativo aún no termina de integrar”, apunta, al tiempo que resalta que los institutos, con menor duración y costos, siguen siendo una opción relevante. Desde la universidad, Moreno señala que el emprendimiento se incorpora como una competencia transversal. Explica que todos los estudiantes gestionan proyectos con impacto social y económico, desarrollando hábitos emprendedores como la resiliencia, la toma de decisiones, la autogestión y la generación continua de oportunidades. Asimismo, subraya la importancia del acompañamiento académico y emocional para quienes enfrentan pausas por motivos personales o familiares, mediante tutorías personalizadas, orientación psicológica y evaluación continua. Las carreras técnicas de corta duración aparecen como una alternativa frente a la educación universitaria tradicional. Foto: Andina.

Para Óscar Chávez, jefe del Instituto de Economía y Desarrollo Empresarial (IEDEP) de la Cámara de Comercio de Lima, la reciente baja en la población de jóvenes que ni estudian ni trabajan no implica que el problema esté resuelto. “Este grupo aún se mantiene en alrededor de 60 mil jóvenes por encima de los niveles previos a la pandemia”, señala, lo que evidencia que el crecimiento económico, por sí solo, no basta para enfrentar un fenómeno de carácter estructural. Según estimaciones del IEDEP de la CCL, la población nini —entre 15 y 29 años— se redujo en 4.5% durante 2024 respecto del año previo, pasando de 1 millón 225 mil a 1 millón 170 mil jóvenes. Aunque la mejora es relevante, aún no permite retornar a los niveles observados antes de la pandemia.

Chávez explica que uno de los principales factores detrás de esta situación es la débil conexión entre el sistema educativo y el mercado laboral, especialmente para jóvenes que solo cuentan con educación básica, quienes representan cerca del 75% de esta población. A ello se suma una marcada brecha de género: “Más del 60% de los ninis son mujeres, muchas afectadas por maternidad temprana y responsabilidades de cuidado”, precisa, lo que limita su continuidad educativa y laboral. El reto de fondo, entonces, sigue siendo cómo articular políticas públicas, financiamiento y modelos educativos más flexibles que eviten que una parte significativa de jóvenes quede al margen de la educación superior y de las oportunidades de desarrollo a largo plazo.

En cuanto a la reducción observada en 2024, Chávez destaca que estuvo asociada al mayor dinamismo de sectores intensivos en empleo como agricultura, comercio y servicios. Sin embargo, advierte que esta mejora podría ser temporal si no se consolida. “Es clave sostener el crecimiento de la demanda interna, el empleo formal y el control de la inflación”, afirma, además de fomentar el emprendimiento juvenil y políticas laborales inclusivas. De no hacerlo, la leve mejora en las cifras de ninis corre el riesgo de revertirse, dejando a miles de jóvenes sin las herramientas necesarias para integrarse al mercado laboral y al sistema educativo.

Desde el IEDEP se insiste en priorizar políticas de educación de calidad, formación técnica, capacitación laboral y programas de reinserción juvenil. En el caso de las mujeres jóvenes, consideran fundamental reforzar la educación sexual integral y promover programas integrales que faciliten su permanencia en el sistema educativo o su incorporación al mercado laboral. Aunque las cifras muestran una mejora reciente, los especialistas coinciden en que el reto sigue siendo estructural: articular crecimiento económico, políticas públicas y modelos educativos más flexibles que permitan reducir de manera sostenida la desconexión de los jóvenes del estudio y el trabajo. Así, el desafío es articular estos elementos para que la mejora no sea solo coyuntural, sino que aborde las causas profundas que alejan a los jóvenes de la educación y el empleo.

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