Durante casi veinte años, Lionel Messi y Cristiano Ronaldo parecieron recorrer el mismo camino en el fútbol mundial. Aunque completamente distintos, la necesidad mediática de vender una rivalidad y el encanto del público por esa disputa los llevó a dominar desde orillas diferentes, batiendo récords con naturalidad asombrosa y convirtiendo cualquier debate en una elección imposible. Sin embargo, hoy, con edades similares y trayectorias irrepetibles, basta observar un partido para descubrir que ya no ocupan el mismo lugar.

Messi debutó en el Mundial con un triplete frente a Argelia. Cristiano, en cambio, dejó una actuación discreta en el empate de Portugal ante la República Democrática del Congo. La diferencia no estuvo solo en los goles, sino en la manera en que cada selección convive con su máxima figura. Argentina juega para Messi. Hace tiempo comprendió que ya no tiene al futbolista que recorría cincuenta metros con la pelota, pero sí al mejor intérprete del juego. Todo el sistema parece diseñado para acercarle el balón al punto exacto donde lo único que tiene que hacer es decidir, para compensar lo que el tiempo le quitó y potenciar aquello que conserva intacto. No es dependencia; es inteligencia colectiva.

Portugal transmite una sensación antagónica. En ciertos pasajes, el engranaje parece forzarse para responder a ese pasado, aunque el presente reclame otras soluciones. Da la impresión de que el equipo todavía intenta acomodarse alrededor de la grandeza histórica de Cristiano, como si existiera un compromiso tácito de seguir buscándolo porque su nombre pesa tanto como su legado. No se trata de establecer quién fue mejor. La idea no es cuestionar a Cristiano, su carrera forma parte, desde hace años, del patrimonio del fútbol. La verdadera diferencia parece estar en la manera en la que una selección administra el paso del tiempo sobre su mayor figura. Tarde o temprano, todas deberán enfrentar ese desafío: Francia con Mbappé, España con Lamine Yamal, Inglaterra con Jude Bellingham. Porque las leyendas no son eternas, pero las decisiones que se toman alrededor de ellas pueden prolongar su influencia o acelerar su ocaso. Quizá esa sea hoy la mayor distancia entre Messi y Cristiano. Uno sigue siendo el centro alrededor del cual gira un equipo. El otro parece cargar, además del rival y de los años, con el peso inmenso de su propia historia.

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