La política, entendida como el arte de lo posible para alcanzar consensos, enfrenta en la actual conformación del Congreso bicameral un desafío complejo pero no insalvable. Para superarlo, senadores y diputados deberán dominar la gimnasia parlamentaria que permite interpelar al gobierno, ejercer una fiscalización aguda del presupuesto público y comunicarse con eficacia en el hemiciclo. Algunos llegarán con mayor talento para lograr acuerdos; otros lo aprenderán durante la legislatura. Sin embargo, la destreza suprema, que condiciona a todas las demás, es el olfato político: una cualidad humana difícil de identificar y desarrollar en el quehacer diario de la cosa pública.

El olfato del zoon politikón ilumina oportunidades de acción donde otros solo ven fracaso, sobre todo cuando se persigue el bien común. Esta capacidad genera el entusiasmo necesario para acercarse a bancadas afines, plantear ideas, explicarlas, consensuar posturas y saber ceder posiciones hasta lograr la aprobación de iniciativas parlamentarias. Por ello, el consenso solo será viable si las bancadas más cercanas a una propuesta legislativa o moción son capaces de concesiones recíprocas en favor de objetivos compartidos. La política se revela así como una conducta humana orientada al bien común, un oficio que no se limita al "qué hacer" sino que se define por el "cómo hacerlo".

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