Con más del 99% de las actas contabilizadas, la ventaja de Keiko Fujimori es ya irreversible. El país se acerca al cierre de uno de los procesos electorales más tensos y polarizados de los últimos años. Ha sido una campaña marcada por la confrontación, los cuestionamientos mutuos, los temores y las profundas diferencias ideológicas. Sin embargo, más allá de quiénes celebran y quiénes lamentan el resultado, ha llegado el momento de dejar atrás la lógica electoral y asumir los desafíos de la gobernabilidad.
Las elecciones pueden definir un ganador, pero no resuelven por sí mismas los problemas nacionales. El Perú sigue enfrentando enormes desafíos que no desaparecerán con la proclamación de una presidenta. La inseguridad ciudadana continúa golpeando a miles de familias, el sistema de salud arrastra carencias estructurales y la economía aún no logra recuperar plenamente el dinamismo que permita generar empleo y oportunidades para todos. La ciudadanía espera respuestas concretas y resultados visibles, no nuevas excusas ni interminables disputas políticas.
Lo cierto es que el país no necesita más diagnósticos. Sabemos cuáles son nuestras debilidades, conocemos las brechas que deben cerrarse y entendemos los obstáculos que limitan nuestro desarrollo. Lo que ha faltado es algo mucho más difícil de construir: liderazgo político, capacidad de ejecución y voluntad para convertir las ideas en acciones efectivas. El gran reto del próximo gobierno será precisamente demostrar que gobernar significa resolver problemas y no solo administrarlos.
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