Este Búho se pone feliz. En una semana en toda la selva peruana se festejará la fiesta de San Juan. Una amiguita de Pucallpa me llama: “Buhíto, te espero para comer tacacho y bailar pegaditos con Juaneco y su Combo como aquella vez”. La celebración se extiende en toda la Amazonía, pero es en ‘la tierra colorada’ donde he vivido grandes momentos que aún guardo en la memoria.

Mi última visita fue hace pocos años y me quedan bellos recuerdos, seguro porque tuve como guía a mi bella amiga de cabellos ondeados, pecosa y sonrisa de ratoncita, quien me llevó por los rincones menos conocidos de su ciudad, en donde el juane se prepara con gallina negra virgen y la cumbia suena durante todo el día y se brinda con la chelita San Juan.

Pucallpa es un lugar de gente alegre, hospitalaria. Reciben al visitante como si fuera un hermano que regresa a casa después de muchísimos años. Y esa cordialidad única te hace sentir parte de la familia.

Tienen un sentido del humor único, pícaro: al gordito le dicen ‘buchisapa’, al flaco ‘tembleque’. A la chica coqueta ‘pishpira’, y al coqueto ‘moshaco’. Bromean hasta de sus desgracias.

“Te voy a presentar a alguien que te puede explicar ese asunto”, me advirtió mi acompañante. Y fue el mismísimo Juan Pezo, líder de la agrupación de cumbia más antigua de la región, Juaneco y su Combo, quien me recibió en su casa. Casa que fue de su abuelo Juan Wong Paredes y que junto a Wilindoro Cacique encumbraron a Juaneco como uno de los grupos tropicales más importantes del país. “Nosotros cantamos ‘Ya se ha muerto mi abuelo’ y la gente baila en vez de llorar”, me dijo. Y es cierto. Esa alegría que desbordan es contagiosa.

Su gastronomía es otra de las razones por las que no olvido aquel viaje: el tacacho con cecina, el chaufita regional con plátanos fritos o el chicharrón de paiche fueron de mis favoritos. Y sus refrescos como la aguajina, el camu camu o la cocona heladita precisos para aplacar el calor intenso.

Entre restaurantes exclusivos y finos, a orillas del río Ucayali, mi acompañante y yo decidimos visitar esas parrillas que por las tardes se encienden en las calles.

En donde las mamitas prenden el carbón y tiran el pollo sobre las rejillas y esperan a sus clientes sentadas en su banca mientras se echan aire con abanico. “El que viene a Pucallpa y no come su pollito canga, a qué m... viene a Pucallpa”, bromeó la anfitriona del pequeño negocio y desató la risa de todos los comensales.

El pollito era jugoso y suave, con ají de cocona una maravilla para el paladar. En San Juan la selva no duerme. Las ofertas de diversión nocturna son un abanico y hay discotecas de moda con reguetón y música de moda en el corazón de la ciudad, hasta balsas parranderas que zarpan hacia el río y es una experiencia inolvidable, en donde no sabes si te marean las cervezas o el movimiento ondeante de las balsas.

En mi último día, mi guía personal me dijo entre risas: “Te voy a llevar al paraíso”. Nuevamente acepté sin pensarlo. Y fue así como llegamos hasta el mirador de la laguna Yarinacocha. Subimos a una torre. La vista era impresionante. Al filo de la laguna se abría paso la selva, una selva infinita en donde sobrevolaban aves de todos los colores.

A pesar del sol abrasador del mediodía, recuerdo que el viento era fresco. En ese silencio, y maravillado por el espectáculo del paisaje, irrumpió una balsa en cuyos parlantes sonaba ‘Chica linda’ de Juaneco: ‘Ahora quiero cantarles cumbia/ porque me siento enamorado/ de una linda chica y coqueta/ que me vuelve loco/ de una chica linda y coqueta/ que me vuelve loco’. Entonces, bailamos pegaditos y al oído le prometí que volvería. Apago el televisor.

Leer artículo completo en trome.com →