Feliz cumple mi comandante...
Che, La Antorcha en la Montaña En una tierra de montañas profundas y selvas que respiraban historia, caminaba un hombre al que muchos llamaban antorcha. No porque destruyera, sino porque iluminaba. Decían que llevaba el fuego no en las manos, sino en el pecho: un fuego que no quemaba pueblos, sino que encendía sueños. Un día, la antorcha cayó. En lo alto de una quebrada, rodeada de sombras y silencios impuestos, la luz fue sofocada. Los poderosos pensaron que, apagando la llama, la noche sería eterna. Creyeron que el eco de sus pasos se perdería en la tierra y que el viento olvidaría su nombre. Pero el viento no olvida. Esa chispa, lejos de extinguirse, se escondió en los bolsillos de los campesinos, en los cuadernos de los estudiantes, en los cantos de quienes aún buscaban justicia. Se volvió semilla. Y las semillas no entienden de derrota: solo esperan. Con el tiempo, brotaron historias. En cada rincón donde alguien se negaba a aceptar la oscuridad, aparecía una pequeña luz. No igual a la primera, pero nacida de ella. Porque la antorcha, al caer, se multiplicó. Algunos la recuerdan como héroe, otros como mito, otros con dudas. Pero en las montañas, cuando el sol se esconde y las sombras avanzan, todavía se dice que hay un resplandor tenue que recorre los caminos. No es un fantasma. Es el recordatorio de que las ideas, cuando nacen del fuego interior, no mueren con quien las sostiene. Y así, la noche nunca fue total.
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