Si todo sigue como está, es probable que Keiko Fujimori sea la próxima presidenta del Perú. De ocurrir, heredará un país agotado por años de confrontación política, fragmentación institucional y pérdida de confianza ciudadana. No son pocos los retos que tendrá por delante, pero tampoco son pocas las razones para intentarlo.
El primer reto será restablecer el equilibrio de poderes y reconstruir la institucionalidad democrática. Ninguna estrategia de crecimiento económico puede sostenerse cuando las reglas del juego son inciertas y las instituciones son débiles. El desafío no consiste únicamente en recuperar la estabilidad política, sino en construir un Estado capaz de generar desarrollo y riqueza de manera descentralizada, acercando oportunidades a los territorios históricamente relegados.
Un segundo reto, quizá menos visible pero igual de importante, será la reconstrucción de una identidad nacional compartida. El Perú llega a este momento profundamente dividido. Hemos pasado demasiados años viéndonos como adversarios antes que como compatriotas.
La integración territorial también deberá ocupar un lugar central. El transporte y la conectividad digital son herramientas fundamentales para acercar a los peruanos entre sí y conectar a las regiones con los mercados, los servicios y las oportunidades. Será necesario identificar qué aspectos de nuestro modelo de desarrollo no están funcionando adecuadamente y corregirlos con visión de largo plazo.
La próxima administración encontrará un Perú lleno de desafíos, pero también una oportunidad histórica: volver a construir un país que avance unido hacia el futuro. Y, esperemos, no para administrar una transición permanente, sino para gobernar durante un mandato completo, pues esa inestabilidad debe cesar.
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