Cada hora que pasa desde la segunda vuelta electoral, se hace más claro que la próxima presidenta del Perú será Keiko Fujimori, quien tiene poco que celebrar, pues desde el inicio de su gobierno tendrá a la mitad del país en contra. No habrá “luna de miel”. Lo que sí tiene haber desde el mediodía del 28 de julio es la urgencia de atender las necesidades más elementales de millones de peruanos que al votar por Roberto Sánchez, han demostrado que no tienen la menor esperanza en el futuro de nuestro país.

Gran parte de los que han optado por el candidato de la izquierda que llegó hermanado con Antauro Humala, gente cercana a grupos terroristas y personajes que estuvieron en el gobierno corrupto e inepto de Pedro Castillo, lo han hecho no porque hayan creído que estos personajes iban a solucionar sus problemas y mejorar sus condiciones de vida. Optaron por Juntos por el Perú como voto de rechazo, de patada al tablero, como una forma de decir “voto por estos impresentables aunque igual no harán nada por nosotros”.

Por eso, la primera labor del nuevo gobierno, más allá de atender la emergencia que parece que nos traerá El Niño, debe ser cubrir –de inmediato y en alianza con autoridades locales–, las justas demandas en salud, educación, seguridad e infraestructura de las zonas más alejadas y olvidadas del país. Eso permitirá, a su vez, que los peruanos en situación de pobreza sientan en su día a día y en el bolsillo, como ha debido ser siempre, que el sistema democrático y el modelo económico sí sirven, sí traen beneficios.

Eso será también una forma de jalarle la alfombra al discurso de la izquierda antidemocrática y hambreadora que cada cinco años nos presenta a un “iluminado” que ofrece una “revolución” para cambiar lo que según ellos “no funciona”, sin aclarar que gran parte de la responsabilidad del abandono en regiones lo tienen los gobiernos regionales y las municipalidades, muchas veces en manos de comunistas, incapaces y bribones que terminan presos o huyendo a la clandestinidad a través de las ventanas de sus despachos.

En 2011 ya tuvimos una clarinada cuando un “antisistema” como Ollanta Humala ganó las elecciones. Diez años después vino otro más radical, un verdadero pirómano que, para suerte del Perú, se disparó a los pies y fue echado del poder. Ahora, por pocos votos nos estamos salvando de otro incendiario como Sánchez. Si el nuevo gobierno no trabaja por los más necesitados con verdadera convicción y empatía, estos elementos mencionados podrían ser bebés de pecho en comparación a los que vendrían más adelante.

Leer artículo completo en diariocorreo.pe →