En la librería El Virrey de Miraflores, la maestra, reportera y narradora Rosa Chávez Yacila posa para el fotógrafo Marco Cotrina. Entre ambos hay una complicidad que permite capturar el gesto justo: “A veces cuando sonrío, salgo más seria”, confiesa ella, y en ese instante de serenidad, Marco dispara. Rosa ha llegado a Lima para presentar su primera novela, Las nerviosas (Random House, 2026), un relato autobiográfico que aborda un tema aún tabú en el país: la relación entre pobreza y fragilidad emocional.

Rosa Chávez Yacila presenta el jueves 18 su novela "Las nerviosas" en la librería El Virrey.

El libro, construido a partir de sus propias memorias, describe a las mujeres de su familia y su vulnerabilidad emocional. Es un texto que vincula pobreza con depresión y angustia, y detalla la búsqueda de respuestas de la autora: desde visitas al hospital Víctor Larco Herrera hasta terapias alternativas como el ayurveda o la vitamina C. ¿Qué encontró al final de ese viaje? La narradora, responde. La suma de memorias y datos duros construye un cuadro que habla de memoria y herencia familiar.

Primero, una definición: ¿qué es una nerviosa?

Bueno, si hablamos específicamente de la historia del libro, son mujeres de esta familia…

…Tu familia.

Sí, o la familia de la narradora, que han desempeñado trabajos domésticos. Básicamente, son empleadas, lavanderas. Y han presentado una serie de síntomas que podrían describirse como depresivos o ansiosos en un contexto de pobreza o precariedad, donde no se maneja mucho el lenguaje médico para describir estas condiciones. Entonces, se utilizan las palabras familiares o las que están a la mano: nerviosismo, nervios, nerviosas.

¿Y hoy mismo te identificas como una nerviosa?

Sí, claro. Diría que sí. Creo que un montón de mujeres se identifican como nerviosas.

Ahora, en la contratapa del libro, Daniel Alarcón dice que tu novela abre una conversación necesaria sobre la relación entre la salud mental y la clase social. ¿Esa es la intención del libro? ¿O en realidad tú querías contar una historia y nada más?

Mira, sí es algo que alumbra el libro. Es decir, yo vengo leyendo de salud mental por un interés personal, pero también por un interés intelectual y artístico desde hace diez años. Y algo que yo no encontraba mucho en los libros que he leído de ficción, de no ficción, literarios, no literarios, es este cruce entre salud mental y clase social. No veía que esto se tratara ni literariamente o como una reflexión al respecto. Y yo veo que sí es una cosa que define mucho la manera de ser de la gente, la forma en la que establece sus relaciones, la forma en la que quiere, la forma en la que desea cosas. La manera de estar en el mundo, básicamente.

Leyendo el libro, uno puede decir que cuando hay pobreza y escaso acceso a la salud mental, uno no solo se automedica, sino que se autodiagnostica. Tratamos de darle un nombre a las cosas que vemos y que no entendemos. De repente, tenemos mal de ojo o susto o somos nerviosos.

La escritora reflexiona sobre cómo el lenguaje permite construir un relato y tener control sobre una realidad. “Las palabras sí son importantes y poderosas”, afirma, aunque aclara que por sí solas no llevan a un tratamiento. Sin embargo, reconoce que saber que se puede tener depresión permite hacer algo al respecto.

Consultada sobre su crisis depresiva más fuerte, Chávez Yacila señala que en la novela la narradora cuenta la crisis más intensa hasta entonces en su vida, ocurrida cuando tenía alrededor de 30 años. La describe como “una gota que derrama el vaso”. La mudanza que menciona, precisa, era solo un pretexto.

La escritora aborda la culpa que puede generar la movilidad social en personas que provienen de sectores que ella califica como “marginales, o populares, o periféricos”. Explica que ha identificado ese sentimiento en gente de su entorno y también en la literatura. Menciona un poema de la argentina Silvina Giaganti titulado “No era fecha religiosa”, donde la poeta escribe sobre su padre y su trajín diario de trabajo. “Cuando pasan los años, ella dice: ahora yo gano más que su jubilación y siento una vergüenza enorme. La estoy parafraseando”, detalla Chávez Yacila. Para ella, esa “culpa de traicionar, entre comillas, tus orígenes” es un asunto real que se puede experimentar con extrañamiento.

Sobre el nombre que lleva, Rosa, y la frase del libro donde dice que sus padres “edificaron un mini cementerio familiar” dentro de ella, la autora aclara que no cree en las constelaciones familiares ni en que heredar un nombre condicione la vida. “Esto de los nombres es una especie de pretexto narrativo para reflexionar acerca del linaje, de la herencia”, sostiene. Lo que realmente condiciona, explica, no es el nombre sino todo lo que han vivido esas personas: el contexto y cómo se replican las familias pobres. “El pobre no es pobre porque quiere, sino porque es difícil salir de eso. No solamente tiene que ver con tu esfuerzo o tu voluntad o tu inteligencia superar esa realidad. Es más complejo que eso”, afirma. No obstante, entre risas, adelanta que si tuviera una hija no le pondría su nombre, comparándolo con quienes, pese a no ser creyentes, rezan ante una tragedia.

La conversación deriva hacia el tabú que rodea a la medicación psiquiátrica. Chávez Yacila considera que existe una “romantización de la gente que accede a algún tratamiento psiquiátrico”. Por un lado, hay quienes “se sienten orgullosas o que sienten que está tomando las riendas de su salud mental por medicarse”. Por el otro, hay quienes “se avergüenza porque todavía es tabú”. Pero la escritora no cree que ese prejuicio sea exclusivo de las clases populares. “Yo creo que incluso en estos círculos progres, en los que yo me muevo desde la universidad, entre gente que uno considera que está mejor informada, gente de la literatura, del periodismo, igual tienen esos prejuicios de que la gente que se medica está loquita. Yo lo he visto y lo he escuchado”, afirma. Ese estigma la lleva a no hablar abiertamente del tema a nivel personal, aunque reconoce la contradicción: “He escrito un libro que trata de eso. Pero no me gusta hablarlo tanto, porque siento que hay mucha ignorancia, mucho desconocimiento, mucha desinformación respecto a los tratamientos psiquiátricos y los tratamientos de salud mental en general”.

La autora también reflexiona sobre su propia experiencia como paciente. Cuando se le pregunta si ha sido una paciente complicada, responde: “No, yo más bien he sido una paciente bastante diligente. He insistido”. Sin embargo, reconoce un “desencanto” con el sistema de salud peruano, “colapsado, en lo público y lo privado”. Describe cómo en su familia existía “este anhelo de ser doctor, porque era como el máximo logro académico que puede tener una persona. Y además se ve a los médicos como los que saben más, los que tienen los puntajes más altos”. Esa idealización se derrumba con la experiencia: “Luego tú vas y visitas uno y otro, y luego te das cuenta de que sí se pueden equivocar, y mucho. O terminas de pronto ayudándole al doctor para que te diagnostique, que me ha pasado también”.

Para ilustrar esa dinámica, menciona el libro El Año del Pensamiento Mágico, de Joan Didion, que comienza cuando se enferma su hija y la autora investiga para entender la enfermedad y discutir con los médicos. “Salvando las distancias, yo cuando leí ese libro dije: Bueno, es un poco lo que yo hice en ciertas ocasiones, por reacciones adversas a ciertos medicamentos, qué sé yo”, señala.

En otro momento de la entrevista, se aborda el inicio de su tratamiento. La autora cuenta que, cuando era adolescente, “la narradora descubre o le dicen qué necesita tomar”. Lo primero que toma es “Sertralina, si no me equivoco”, un antidepresivo. También consume “ansiolíticos y antiepilépticos, que pueden tener acciones combinadas con los antidepresivos”. Ante la consulta sobre si es complicado saber que tomará ese tipo de medicación durante un tiempo prolongado, responde con cautela: “No sé, hay que tener mucha responsabilidad al hablar de la toma de antidepresivos o medicamentos psiquiátricos”.

La frase que resume el sentido del libro, según la autora, es: “La pobreza es la puerta de entrada a la fortaleza en ruinas de la enfermedad mental”. Chávez sostiene que las condiciones materiales o económicas de una familia condicionan la sensibilidad, las emociones y la manera de relacionarse. “Además, hay estudios sobre eso, estudios sobre cómo las personas que viven en pobreza pueden tener más probabilidad de presentar síntomas depresivos y ansiosos que las personas que no viven en pobreza. Eso está estudiado. No es algo que yo he visto o propongo como autora, y lo cierto es que hacen falta más estudios de ese tipo”, explica. En el Perú existen un par de investigaciones sobre el trabajo informal y los síntomas depresivos y ansiosos, mientras que en países como Estados Unidos hay varias que demuestran esta relación.

Consultada sobre si la mayoría de los médicos tratan a los pacientes como “ejercicios de prueba y error”, la autora responde que sí, y agrega que cuando se es mujer hay una actitud de “darte palmadas”, una postura paternalista que se acentúa si la paciente es joven. Recuerda el caso de un médico que le decía: “Tú lo que necesitas es un novio”. Sobre esa anécdota, aclara: “Sí, igual ya lo he dicho varias veces, él me cae bien, solo que era un señor de otra época, podía ser mi abuelo”.

En otro momento, la entrevistadora menciona la sátira confusa que se hace del tema de la salud mental, citando el caso de una comediante peruana que contaba que en su época no había depresión, porque cuando decía que estaba triste su mamá la agarraba a chanclazos o la ponía a limpiar la casa. Al respecto, Chávez señala que antes había menos conocimiento sobre salud mental. “A inicios del siglo XX ni siquiera se usaban los nombres actuales. Se hablaba de melancolía, locura. Y no se decía precisamente depresión. Y yo no sé, honestamente, si las personas que fueron reprimidas en sus sentimientos, no solamente por sus madres o por quien sea, ahora mismo no tienen ninguna cuestión mental. No sería tan enfática en decir que esa gente no tiene ningún problema de salud mental”, afirma.

Finalmente, al ser consultada sobre cuánto afecta a la gente que vive en pobreza fenómenos como la pandemia, la autora responde que todavía no somos tan conscientes de las consecuencias emocionales que ha tenido.

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