Con más de sesenta años de carrera, dueño de un estilo único e irrepetible, el gran Raphael, quien anuncia su próximo concierto en Lima para el 3 de octubre, conversa con Correo sobre su permanencia en una industria musical que muchas veces premia lo efímero, y no al verdadero talento. “Las modas cambian, los sonidos cambian, pero la música honesta permanece. Es la que trasciende generaciones. Yo siempre he cantado mirando al público de frente, sin calcular demasiado y huyendo de cualquier impostura. He procurado ser fiel a mí mismo y, sobre todo, respetar siempre al público, que es el auténtico soberano”, dice el cantante sobre cómo ha manejado su carrera.

¿Qué ha cambiado más: la música o el público?

Ha cambiado más la forma de llegar a la música. La tecnología ha democratizado el acceso a la cultura y ha multiplicado las posibilidades para descubrir artistas y canciones. Pero el público, en lo esencial, sigue buscando exactamente lo mismo que hace sesenta años: emocionarse. Al final, cuando se apagan las luces, lo único que importa es si la canción llega o no llega.

Para sostener 2 horas de show con esa fuerza escénica, ¿qué cambió en su rutina tras su reciente problema de salud? ¿Qué no negocia antes de salir a cantar?

Siempre he sido muy metódico y disciplinado, así que realmente no ha cambiado demasiado. Mi rutina ha sido prácticamente la misma durante toda mi carrera: alimentación sana, horas de sueño, descanso, silencios para cuidar la voz y ensayo. Me gusta preparar cada concierto como si fuera el primero, porque siempre pienso que la próxima actuación debe ser mejor que la anterior.

Ha pasado por cosas durísimas, incluso un trasplante de hígado en 2003. Después de eso volvió más fuerte. ¿Ese ‘segundo aire’ le cambió la forma de subirse a un escenario?

Sí, naturalmente. Después de una experiencia así uno no vuelve igual. Yo sentí que la vida me estaba dando una nueva oportunidad y aprendí a valorar todavía más muchas cosas. No cambió mi pasión por el escenario, porque esa siempre ha sido la misma, pero sí me dio más serenidad y una perspectiva diferente sobre lo verdaderamente importante.

Usted dijo una vez ‘el día que no pueda cantar, me muero’. Hoy con 83 años, ¿qué significa para usted la palabra ‘retiro’? ¿Existe en su diccionario?

No, sinceramente no existe. Yo no me veo retirado. Mientras tenga voz, salud y el público quiera verme, seguiré cantando. No pienso en la jubilación porque cantar no es únicamente mi profesión; es mi vocación, mi forma de vida y lo que más feliz me hace.

Entre aviones, hoteles y prueba de sonido. ¿Qué es lo que todavía le debe la música a usted, o usted a la música?

No creo que haya deudas entre la música y yo. Lo que hay es una vocación que dura toda una vida. He tenido la inmensa suerte de dedicarme a aquello que soñaba desde niño y de seguir disfrutándolo cada día. Empecé muy joven y, francamente, no sabría hacer otra cosa. Ni tampoco quiero.

Si tuviera que elegir 3 canciones para que lo recuerden dentro de 100 años, ¿cuáles serían y por qué?

Es dificilísimo elegir solo tres. Pero diría Yo soy aquel, porque abrió una puerta internacional muy importante para mí; Digan lo que digan, porque refleja una manera de entender la vida; y Mi gran noche, porque sigue transmitiendo una alegría extraordinaria. Aunque, si me permiten la licencia, añadiría una cuarta: Qué sabe nadie, porque se ha convertido en un himno. Y mejor lo dejo ahí, porque si sigo pensando canciones podríamos estar hablando hasta mañana (risas).

A sus conciertos va gente que lo ha visto muchas veces, ¿pero qué le dice usted a alguien que lo va a escuchar por primera vez a sus 83 años?

Agradecimiento, ante todo. A los que vienen por primera vez y a los que repiten una y otra vez. Por la fidelidad, la compañía y el cariño de tantos años. Le debo mi carrera al público. Lo único que puedo decirles es gracias y procurar corresponderles cada noche encima del escenario.

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