Alemania debutó en el Mundial con una goleada brutal de 7-1 ante Curazao, pero la imagen que probablemente se instalará con más fuerza en la retina futbolera es la de Dick Advocaat secándose las lágrimas después de que Livano Comenencia lograra el empate transitorio. Ese tanto fue, sobre todo, el primer gol de Curazao en la historia de los mundiales.

Detrás de esas lágrimas había algo más profundo que un gol. Meses atrás, Advocaat había renunciado a su cargo debido a que su hija padecía una grave enfermedad y el DT debía dedicar toda su energía a acompañarla. Con el tiempo, ella logró recuperarse y el entrenador retomó su lugar para conseguir la histórica clasificación de Curazao. Ese empate momentáneo tuvo algo de milagro personal: “¡aquí estamos!”, pareció gritarle la nación al mundo a través del fútbol.

Curazao tiene poco más de 150 mil habitantes, menos población que varios distritos limeños. Pocos años atrás ni siquiera existía oficialmente como país autónomo dentro del Reino de los Países Bajos. Posee una identidad nacional joven y, como ocurre tantas veces con el fútbol, el Mundial terminó siendo la herramienta para que esta nación se hiciera escuchar. Tras el gol de Comenencia la euforia se instaló en la banca caribeña, pero ese vértigo cedió pronto a la nostalgia, a la liberación traducida en llanto entrañable.

Probablemente todos sabíamos que ese empate duraría poco, pero eso no importó porque el gol no siempre sirve para ganar partidos. También puede ser un mecanismo de resistencia, un símbolo de permanencia o simplemente cumplir la función de recordarle a alguien que siempre vale la pena seguir.

Lo que permanecerá por un buen tiempo en la memoria de los mundiales es la imagen de un entrenador llorando después de un gol que, en teoría, no cambió nada y que, quizá justamente por eso, lo cambió todo. Los siete goles de Alemania son fácilmente olvidables; las goleadas parecen repetirse entre sí. Sin embargo, los Mundiales todavía ostentan algo mucho más antiguo que la obsesión contemporánea con estadísticas, sistemas y métricas: la posibilidad de que países diminutos puedan sentirse gigantes por un instante.

En esa línea está Panamá y su derrota por 6-1 con Inglaterra en 2018, donde la explosión de emoción que causó su primer gol mundialista fue una auténtica liberación colectiva. Ese mismo año, Islandia empató con Argentina y el planeta entero simpatizó con aquella historia. En Sudáfrica 2010, Brasil le ganó 2-1 a Corea del Norte, pero el descuento asiático fue lo épico de ese partido. Ahora le tocó a Curazao.

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