Con todo lo actuado, el Perú no tenía por qué salir bien parado. El resultado, sin embargo, es el que es. La tormenta perfecta se gestó con una mayoría de candidatos sin norte, una prensa que apostó al caballo equivocado y un electorado que en buena parte no fue, mientras otro fue a votar mal.
Treinta y cinco candidatos en total, de los cuales veinticinco fueron irrelevantes y solo ensuciaron el proceso. El más penoso fue el joven candidato aprista, cuya autosuficiencia terminó de enterrar al partido más antiguo del Perú. Ricardo Belmont, un jubilado en vacaciones, recibió votos a pesar de ello —lo cual dice mucho de sus votantes—. Carlos Álvarez lleva treinta años parodiando el poder con talento y maldad; un día quiso encarnar lo que imitaba y la maldad le jugó en contra. Perdió, afortunadamente. Fernando Olivera, cuyo historial haría incómoda cualquier sala de directorio y cualquier conversación entre personas razonables, también compitió.
Roberto Sánchez se puso un sombrero y el Perú resentido lo clasificó a la segunda vuelta. Sus alianzas con Antauro Humala, los vínculos con la subversión y con un perturbado ex fiscal apartado a la fuerza de la función pública no pesaron tanto como el sombrero. Rafael López Aliaga —Porky, para los amigos y para la historia—, un personaje singular que agrede, manipula y confunde valiéndose de las redes y de sus operadores, tal vez representó el mayor daño a la derecha peruana en la última década.
Mientras tanto, la ONPE y el JNE sobrevivieron a casi dos meses de un candidato que se dedicó —sin prueba concreta— a desacreditar a la única institución capaz de garantizar una elección democrática. Un daño real que dejó al país al borde del absurdo.
Keiko Fujimori no llegó hasta aquí por accidente. Llegó a pesar de todo, y ese “a pesar de” es la mejor garantía de lo que viene. Una mujer organizada, simpática, inteligente, madura, con la constancia de mantener un partido en pie contra viento y marea, y con la templanza que solo forjan quince años de calvario y ensañamiento sistemático. Sobre ella recaerá la responsabilidad de los próximos cinco años, porque las actas que faltan sumar no alcanzan para torcer lo que los números muestran hoy con claridad.
Muchos periodistas y algunos medios apuntaban con llamativa coincidencia en una misma dirección: le reventaban cohetes, le construían historias y le borraban los bordes. Mientras tanto, el electorado conservador —informado, prolífico en WhatsApp y ausente en un 30% el día clave— se quedó en casa. Sus hijos, los cojudignos, rebeldes sin causa, votaron por el que no conocen para llevar la contra a lo que tampoco conocen. Y los electores de las regiones más ricas del país, los que viven del canon y del turismo, votaron a la izquierda con fervor de converso. No por ideología: quizá por resentimiento.
Al final, y ante todo lo expuesto, el Perú está a punto de tener la suerte que no merece. Que así sea, con fe en el futuro.
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