El predominio del color rojo en las pinturas rupestres no fue una simple decisión estética, sino una estrategia visual clave para la comunicación en la Prehistoria. Así lo revela una investigación publicada en la revista Time & Mind por científicas de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y el Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit-CSIC), que sostiene que el arte paleolítico trasciende el significado ritual tradicional.
El estudio incorpora variables perceptivas y cognitivas para descifrar cómo los humanos prehistóricos experimentaban las imágenes subterráneas. Según el equipo científico, "los motivos pintados en rojo actuaban como auténticos reclamos visuales en un entorno de difícil navegación", debido a la iluminación irregular que producían antorchas y lámparas de grasa. Los pigmentos rojizos, sostienen los investigadores, tenían un papel más complejo que el estimado hasta ahora: funcionaban como estímulos especialmente eficaces en condiciones de baja luminosidad.
Para comprobarlo, los expertos realizaron un experimento en el que compararon imágenes idénticas de representaciones rupestres en tonalidades rojizas y oscuras. Estas fueron expuestas durante apenas 1,5 segundos a un grupo de participantes. Los resultados mostraron una tendencia consistente: las marcas escarlatas eran detectadas antes y retenían más la atención, mientras que los trazos negros podían pasar desapercibidos en ese breve intervalo de exposición. Con este descubrimiento, la ciencia descifra el secreto del impacto que consolidó a estas manifestaciones artísticas como herramientas de comunicación duraderas.
La investigación de la UNED y el CSIC también reveló que, en escenas complejas donde los símbolos compartían espacio con figuras animales u otros elementos figurativos, el pigmento rojo desplazaba el foco visual hacia los trazos más simples. Esto sugiere que su función comunicativa estaba vinculada a la visibilidad antes que al detalle representativo, un efecto de prioridad perceptiva clave en la Prehistoria.
En cuanto a la composición química de la pintura, la tonalidad carmesí procedía principalmente de óxidos de hierro como la hematita. Los cazadores-recolectores pulverizaban estas rocas y las combinaban con aglutinantes naturales para fijar el color. Al ser materias primas de gran disponibilidad geológica en Europa, su recolección no requería transformaciones complejas.
El repertorio cromático del arte rupestre paleolítico abarcaba una diversidad técnica que trascendía el uso del pigmento escarlata. Aunque este predominó en las fases más antiguas, los artistas prehistóricos también emplearon hollín vegetal, manganeso, tierras amarillas y arcillas blancas. La selección de estos recursos variaba según la región geográfica y el periodo cultural.
Por otro lado, los pigmentos oscuros exhibían un comportamiento diferente bajo la luz tenue de las cavernas. Mientras las gamas rojizas lograban una intensidad perceptual inmediata, los tonos negros tendían a mimetizarse con el soporte pétreo. De acuerdo con la investigación, este fenómeno provocaba una menor eficacia como señal visual en el interior de las cuevas.
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