
Jorge Eduardo Eielson (1924-2006) es uno de los artistas más estudiados, leídos y admirados de la cultura peruana. En todos los registros que abordó, la rompió. Al respecto, pensemos en su dimensión poética. Para muchos lectores de poesía peruana, Eielson ya figura en el top 5 (no es nada poco si partimos de la certeza de la fuerza de la tradición poética peruana). Como artista plástico, fue dueño de una propuesta en donde la abstracción, la experimentación y la mirada sobre el Perú prehispánico marcaban su ruta de expresión. Su poética plástica exhibía el hechizo que pocas veces se ve: el espectador se siente hablado por las sensaciones lúdicas que transmite su obra. Como narrador, publicó novelas que son atesoradas por los lectores, de las que destaca El cuerpo de Giulia-no (1971). Acertadamente, a Eielson se le ha calificado de artista integral.
Si hoy Eielson es una figura instalada en el imaginario cultural, se debe a los esfuerzos que se hicieron por difundir su obra desde mediados de los años 90; además, muchas de estas gestiones fueron hechas por jóvenes estudiantes. No es que antes no se conociera a Eielson. Eielson siempre fue una figura importante, pero durante mucho tiempo esa luz solo se podía apreciar desde la academia. A partir del 2000, su obra empieza a instalarse en el imaginario cultural, impulsada por el fuego del entusiasmo de la juventud de sus seguidores. Para ingresar a su constelación se disponía de varias puertas de acceso, todas atractivas, por cierto. A la fecha, hasta vemos documentales sobre su vida en plataformas de consumo masivo, tal es el caso de Eielson Des-nudo (2014) de Patricia Pereyra. En el 2024, en el marco del centenario de su nacimiento, fuimos testigos de exposiciones, congresos sobre su obra y puestas en escenas, como Maquillaje, obra de teatro de Eielson de 1947 que sacudió al circuito culturoso de Lima.

"El derecho al ensueño". Imagen: Difusión.
Eielson nunca ha dejado de ser un imán para los jóvenes. Pero junto con él ha transitado la imagen de un artista de rebelión interna, más preocupado en las parcelas estéticas y en la dimensión existencial. Esta impresión se contrapone a la que nos ofrece el excelente libro El derecho al ensueño. Escritos inéditos de Jorge Eduardo Eielson, que estuvo a cargo de los investigadores Carlos Castro, Cecilia Esparza y Mariana Rodríguez Barreno. Los escritos periodísticos, la correspondencia personal (de 1948 al 2005), las crónicas y ensayos que lo conforman nos brindan otra imagen de Eielson a la acostumbrada. A saber, en no pocos tramos del libro se nos presenta a un Eielson más político, a un joven en estado salvaje (el Rimbaud peruano) con una firme intención de enfrentarse a la “viscosa realidad”.
“Jorge Eduardo Eielson era un artista político. Desde muy joven sus posturas fueron claras, como lo sostienen sus crónicas. Incluso esta actitud política la tuvo cuando fue mucho mayor y que podemos ver en el ensayo “Este libro está hecho de fragmentos”. Nos interesamos en explorar esta faceta de Eielson porque notamos que había un vacío en relación a sus obras más clásicas, como en poesía; otras también menos exploradas, como las instalaciones. Sentíamos que faltaban documentos primarios. Empezamos, entonces, a perseguir la idea del archivo inédito. Fue un trabajo que nos tomó cerca de cuatro años. Definitivamente, una de las pretensiones que teníamos era encontrar documentación inédita y, en el caso de las crónicas, reeditarlas con una mirada más moderna”, declara para La República Mariana Rodríguez Barreno.

Mariana Rodríguez Barreno. Foto: Difusión.
En los escritos periodísticos, notamos a un joven inquieto y contestatario. Eielson ejercía el privilegio de decir lo que pensaba. Pensemos al respecto en “En defensa de la poesía”. Tengamos asimismo en cuenta que el joven Eielson se movía en un circuito que ya calentaba motores para el que sería uno de los grandes debates de los años 50: la poesía social contra la poesía pura, y viceversa. No se percibe para nada a un Eielson de búsquedas interiores; pero sí a un joven cansado de la mojigatería limeña.
“Hemos querido rescatar a este Eielson. Cuando se estrenó Maquillaje, la obra generó bastantes comentarios en un ambiente muy conservador. Era un artista al que se le consideraba con talento, pero su trabajo fue bien recibido por algunos sectores, por grupos pequeños al inicio, y fue poco comprendido. Fue poco comprendido en el sentido de que resultaba muy avezado. En cambio, en Europa se le leyó desde otra postura. El arte era una forma de vivir para Eielson y esa manera de vivir no estaba desconectada de la realidad. Los textos demuestran que era una persona atenta a lo que pasaba en el Perú y en el mundo. En estos escritos podemos ver los temas que desarrollaría después, como los nudos, que para él era la unión de varios lenguajes, lo que siempre buscó para expresarse”, señala Rodríguez Barreno.

Instalación. “La Scala Infinita”. Galería Lorenzelli, 1998. Imagen: Difusión.
1948 es un año clave para nuestro artista integral. Partió a Europa, en donde desarrolló su obra. “Ese viaje fue importante. En los escritos nos podemos dar cuenta de que Eielson, debido a lo conservadora que era Lima, no iba a poder hacer la obra que hizo si se quedaba. Pero los textos no solo nos hablan de esa rebeldía juvenil; no fue solo un ánimo de época. Uno de los grandes descubrimientos que tuvimos fue hallar el ensayo “Este libro está hecho de fragmentos”, en donde sigue sosteniendo varios ideales de juventud. Es quizá el último texto que escribe antes de morir. Los textos rescatan este carácter tal vez un poco más tamizado de Eielson, que es lo político, lo visionario”.
Una pregunta que deja El derecho al ensueño es por qué no se conocía antes esta faceta de Eielson. Cuando se escribe/habla sobre Eielson, las preocupaciones políticas e intereses ideológicos no forman parte de la parrilla; hasta podría sonar a extravagancia para no pocos de sus seguidores. Esa es otra luz de la publicación, porque abre aún más la cancha para ingresar al mundo de uno de los artistas peruanos más singulares de su historia cultural. “La culpa, por ponerlo así, o el hecho de que tengamos esta idea de Eielson un poco más volcado en sí mismo, es quizá por las lecturas que se han impuesto sobre él”.

Jorge Eduardo Eielson. Foto: Difusión.
Cuando se termina de leer El derecho al ensueño, y esta es la misión de publicaciones justificadas en el ánimo del rescate, el lector tiene varias certezas sobre el alejamiento de Eielson del Perú. No solo se fue por su homosexualidad. “Ese fue un factor importante, pero también hubo otros. Estaba lo económico; quería estudiar arte, el circuito artístico estaba eclipsado por el indigenismo, que a él no le interesaba. Eielson solo era entendido por un círculo muy íntimo de amigos. Pero el hecho de que se haya ido de Perú no significa que no haya vuelto. Durante mucho tiempo, sus visitas a Perú eran cada tres años. Eso también lo demostramos en el libro. Aún hay muchos proyectos de Eielson que no se han publicado de esas visitas al Perú. Su obra y él siguen vigentes, y yo creo que se debe a que siempre tuvo sensibilidad para entender a la juventud. Esta sensibilidad está conectada con la idea del ensueño. Para él, el ensueño era la capacidad de cuestionar, rebelarse, de proyectar ensoñaciones para construir cosas más utópicas, las cuales también pueden funcionar en momentos de opresión”.
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