Cada vez que organismos internacionales advierten sobre la posible llegada de El Niño, en el Perú se repite la misma discusión: cuánto lloverá, qué tan fuerte será y si debemos preocuparnos. Sin embargo, la verdadera pregunta es otra: ¿por qué seguimos esperando que otros nos digan cuáles son nuestros problemas?

Hoy ninguna institución científica puede afirmar con certeza cuál será la intensidad final de El Niño. La ciencia trabaja con probabilidades y escenarios, no con certezas. Pero la incertidumbre no es una excusa para esperar; es precisamente la razón para prepararse.

El Perú no necesita un informe extranjero para saber qué quebradas se activan, qué ríos se desbordan o qué carreteras colapsan cuando llegan las lluvias intensas. Lo sabemos desde hace décadas. Existen registros históricos, mapas de riesgo, estudios técnicos y experiencias repetidas en todas las regiones del país.

La Organización Meteorológica Mundial ha sido clara: la responsabilidad de proteger vidas y bienes frente a amenazas hidrometeorológicas corresponde a los propios Estados, a través de sus servicios meteorológicos y mecanismos de gestión del riesgo. La cooperación internacional es valiosa, pero la prevención efectiva se construye dentro de cada país.

Los países que enfrentan mejor los eventos extremos no son los que tienen los pronósticos más precisos, sino aquellos que conocen su territorio y actúan antes de la emergencia. Porque la diferencia entre una amenaza natural y un desastre suele estar en el nivel de preparación.

No sabemos cuánto lloverá ni dónde estarán los mayores impactos. Pero sí sabemos dónde están nuestras vulnerabilidades. Y esa información debería ser suficiente para actuar.

Porque gobernar no es reaccionar cuando llega la emergencia. Gobernar es anticiparse.

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