Hay una etapa en la vida para la que nadie pareciera estar preparado. Una etapa en la que el tiempo deja de medirse por los años transcurridos y comienza a medirse por todo aquello que vamos perdiendo. La vejez nos enfrenta a una de las paradojas mas extrañas de la existencia humana: mientras más historias acumulamos, más difícil puede volverse el habitar el presente. Comenzamos a olvidar lo más próximo, lo más cotidiano, lo que nos acaba de suceder, las conversaciones recientes, los rostros que nos acompañan diariamente, y sin embargo, los recuerdos antiguos permanecen con mucha nitidez. Regresamos una y otra vez a nuestra juventud, a los lugares donde fuimos muy felices, a las personas que ya no están, a los tiempos en los que estábamos llenos de proyectos, de ilusiones y en los que vivíamos la sensación de que el futuro era nuestro.

Pareciera que la memoria, en sus misteriosas formas, comenzara a construir un refugio en el pasado y el presente fuera cada vez más difícil de reconocer. La vejez es solo un registro de toda la vida, decía Muhammad Ali, y allí aparece una de las grandes tristezas del envejecimiento: la desconexión progresiva con la realidad que nos rodea.

El mundo continúa avanzando, las personas siguen su evolución y cambio, las familias siguen construyendo historias, pero quien pierde la capacidad de reconocer su presente puede quedar suspendido en un tiempo que ya no existe para los demás y la dependencia comienza a parecer.

De pronto, aquella persona que durante años tomó sus propias decisiones, sostuvo a su familia, trabajó, protegió y condujo su propia vida, comienza a necesitar que alguien le recuerde, le explique, le acompañe y hasta decida por ella en una realidad que se va desdibujando. Mientras tanto, la vida sigue acelerada afuera. Los demás tenemos que aprender a convivir con estas transformaciones y no siempre sabemos muy bien como hacerlo. Y quizá la mayor lección que podamos sacar sea tan sencilla como profunda: no esperemos a perder el presente para descubrir cuánto valía. El pasado merece nuestra gratitud, pero no puede convertirse en el lugar donde transcurra nuestra vida. Los recuerdos son parte de nuestra identidad, pero no deben impedirnos seguir viviendo. Simone de Beauvoir decía sabiamente que la vejez no es un hecho que se contempla desde afuera, sino un destino que se vive desde adentro.

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