“Si quieres saber de mi vida, vete a mirar el mar”, escribió Martín Adán, y Carlos López Degregori (Lima, 1952) hace eco de aquella prescripción. Su último libro de poemas, “Transmarinas”, convierte el mar y sus alrededores en una isotopía desde la que el autor reclama un espacio para su vivencia, tanto biográfica como cultural. Es claro que desde su artefacto multigenérico “A mano umbría” (2019), o más bien desde su recopilación cancelatoria “Lejos de todas partes”, la poesía de López, sin desgajarse de sus obsesiones primordiales, ha virado hacia territorios inéditos con respecto a la primera parte de su obra: la autoficción, el mestizaje radical de referencias, la dicción ensayística. Son ricos materiales que nutren este nuevo periodo y que, manufacturados con oficio, nos han deparado un fruto notable como “Variaciones Victoria” (2022), una de las cimas creativas de este poeta de personalísima marginalidad.

“Transmarinas” supone la continuación de esa coherente indagación, no exenta de hallazgos significativos. Uno de ellos es “Empedrado”, que tiene en su fraseo algo de mensaje primitivo trazado en un muro sagrado: “En mi vida anterior fui Pedro y en una piedra levanté mi iglesia. Los zorros de arriba y los zorros de abajo venían en barcas a una línea que bordeaba la orilla”. El poema, de tintes admonitorios y bíblicos, se resuelve en un ejercicio mallarmeano que no rebaja su tensión salmódica, sino que la redirige hacia los ámbitos que más ama López: los de la ambigüedad, los de lo cifrado.

Pero lo más conseguido de “Transmarinas” es “Hotel Portofino”, uno de los poemas más importantes y maduros de toda la obra de López, no solo por su destacable concepción, que cabalga (sin caer nunca de la montura) entre lo cinematográfico y lo onírico, sino porque maniobra con extrema eficacia uno de sus motivos recurrentes: el desdoblamiento. Si en “Cielo forzado” (1988) el yo poético se desgarraba entre “Carlos Alberto” y un “guardián oscuro de saliva”, en esta oportunidad se reparte entre dos entidades: el poeta y la difusa sombra de Valdelomar, que confluyen en el nombre Carlos Abraham. Memoria y ensoñación se entremezclan con meditaciones literarias que, como ocurre con este poeta desde sus primeros libros, nunca se reducen a ornamento intercambiable. Son, más bien, hitos de un eterno retorno, de una variación que se expande o se redimensiona. Por ejemplo, la figura sarcástica de Onetti, que hacía un cameo en “Cielo forzado”, reaparece aquí en un texto bello y triste, “Sobrevida de Juan Carlos Onetti”, donde un siniestro juego del ahorcado emplazado en la arena de una playa se convierte en código de una tragedia suspendida.

Escritura es disolución, parece decirnos López desde “Las conversiones” (1983), y toda disolución es el anticipo de un misterio. En el océano de sus claroscuros, el poeta plantea acertijos en los que lo tácito y lo espeluznante, lo callado y lo extraño entablan un diálogo tan engañoso como revelador. Asumiendo estas tensiones, Carlos López Degregori demuestra no solo una vigencia intachable, sino también una capacidad de reinvención que muy pocos poetas en activo –pienso en Santiváñez y Montalbetti– pueden exhibir.

“Transmarinas”.

Autor: Carlos López Degregori

Editorial: Personaje Secundario

Año: 2026

Páginas: 48

Relación con el autor: cordial

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