La victoria demócrata en ambas cámaras del Congreso de EE.UU. no es un simple cambio de mayoría. Es una señal política: una parte decisiva del electorado ha querido poner límites a un poder presidencial que avanzaba sin contrapesos. El costo de vida, la guerra con Irán y la preocupación por la corrupción pesaron en el voto. El mensaje alcanza a la política exterior conducida con impulsos personales y amenazas que inquietan a aliados y adversarios. Desde enero, cuando se instale el nuevo Congreso, los demócratas podrán fiscalizar a la administración Trump, investigar sus decisiones, bloquear iniciativas y ejercer influencia sobre el presupuesto y las confirmaciones del Senado. No podrán ordenar el fin de la guerra ni revertir todas las decisiones de Trump que conserva atribuciones importantes y puede vetar leyes. Sin embargo, gobernar sin una mayoría propia será mucho más difícil. El nuevo equilibrio podría reducir la libertad de maniobra de la Casa Blanca frente a Irán y elevar el costo político de una escalada. Nada de eso está garantizado: dependerá de la presión del Congreso, de la opinión pública y de la voluntad de los aliados de defender sus intereses. Esa agenda doméstica no es ajena al mundo: una política exterior que encarece la vida, debilita alianzas y amenaza con ampliar los conflictos tiene consecuencias dentro de Estados Unidos, los resultados lo reflejan. Aunque no cierran la crisis, devuelve al centro una idea esencial: ninguna presidencia debe confundirse con la voluntad de todo un país. El voto ha abierto la posibilidad de restaurar límites y de que el poder vuelva a responder ante la ciudadanía. Y además ha dado presencia variada a etnias y grupos que no la tenían. Los pueblos no admiten absolutismos contemporáneos.
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