El narrador Diego Trelles Paz llegó a Lima la semana pasada para presentar una nueva edición de su novela Bioy. En esta entrevista habla del recuerdo de la guerra interna, que inspira este relato, también de la violencia actual, del nuevo fujimorato, y recuerda sus tiempos de vocalista de una banda de rock.
Diego Trelles Paz estuvo en Lima para presentar una nueva edición de su novela Bioy.Foto Nadia RainPor Emilio CamachoJueves 05 de Noviembre del 2026 · 07:40hVienes del París que ha estado envuelto en una serie de manifestaciones. ¿Cuál es tu relación con ellas? ¿Has sido testigo o protagonista?
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Bueno, empiezo diciendo que yo soy parte de la educación nacional en Francia.
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Porque trabajas en un liceo.
Sí. Mi esposa también. Y ese día fuimos con nuestros pequeños hijos, que tienen siete y cinco años, a su primera manifestación. La manifestación en París es una cultura. Y nosotros tratamos de llegar a la Plaza de la República, que es el lugar donde se hacen normalmente las manifestaciones, allí está la Marianne. Pero no se podía llegar porque había mucha gente, casi 800.000 personas se movilizaron en toda Francia, era general. Y lo que nosotros vimos era un ambiente de fiesta, de baile, y de protesta evidentemente. Era algo pacífico, pero en el fondo se veía como humo negro. Y cuando llegamos a casa, lo que empezó a estallar en las pantallas de TV y a exportarse al mundo fueron escenas de una violencia insoportable. Se vendió la idea de que los jóvenes eran extremadamente violentos.
¿Y quién es el responsable de esa violencia?
El gobierno
¿El gobierno?
Hubo policías infiltrados. Esto ha salido en varios lados. O sea, no es la primera vez que policías entran y comienzan a tirar piedras. Pero al mismo tiempo creo que el ministerio planificó mal la dimensión de lo que iba a ser esta manifestación. Por eso los sobrepasaron. Y eso no lo admitieron hasta después. Pero lo que intentaron presentar era como que los estudiantes son todos unos violentos. Con lo cual tapaban la dimensión de sus demandas, que son muy justas. ¿Y cuáles son estas demandas? Pues no hay profesores. Hay una diferencia entre los establecimientos de París y los de fuera de París. Y en todas las ciudades es un poco así. En Marsella hay racismo. No hay enfermeras. Y sobre todo hay un sistema que se llama Parcoursup, que excluye a ciertos estudiantes de llegar a los institutos y universidades superiores por notas. Y yo creo que esto es parte de una política de privatizar de alguna manera la escuela pública
Tú eres maestro y estás en contacto con los alumnos. ¿Cómo te afectó directamente la protesta?
Mi establecimiento fue bloqueado. Y el de mi mujer también. Es decir, se convocaban huelgas casi semanalmente y lo que ocurría en casi todos los establecimientos es que los mismos estudiantes bloqueaban las entradas. Es algo que ya hemos vivido antes.
¿Y qué sientes por París, por la ciudad que te ha adoptado?
Yo siento un profundo amor por París. Es la ciudad en la que he escrito y producido mi trilogía de la violencia política, excepto Bioy, que es la que se acaba de reeditar. Es una ciudad que me permite escribir. Aparte me permite vivir con comodidad. Es decir, mis hijos van a la educación pública, yo no tengo que gastar nada, probablemente hagan sus estudios superiores, y yo no voy a desembolsar nada porque mis impuestos lo hacen. Lo mismo con la salud. Yo me hago chequeos regularmente, no tengo problemas. Pero es verdad que hay un proceso de desmantelamiento y de precarización del estado de bienestar social que afecta principalmente a los que trabajan -a mí, por ejemplo- en la educación nacional o en la salud pública, y también, de alguna u otra manera, afecta a los pacientes porque no es tan eficiente como lo era antes. Al mismo tiempo, yo he tenido suerte. La mayoría de mis amigos tuvieron hijos y tuvieron que salir de París, porque es muy caro vivir ahí.
¿Y cómo haces?
Lo que pasó es que nosotros aplicamos a un programa de vivienda social y tuvimos la plaza. Eso fue una combinación de mucha suerte y de estar en el momento indicado. Y fue antes de la pandemia, ahora no se podría.
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Te pregunté por París, ¿qué sientes por Lima?
Es mi ciudad. Toda mi obra literaria está dedicada al Perú.
Aunque la ciudad es caótica, es complicada.
Sí, tengo una relación de amor y desamor con Lima, pero si Francia al nacionalizarme me hubiera dicho, como te dicen en Alemania: tienes que renunciar a tu nacionalidad, yo no me hubiera nacionalizado, yo soy peruano.
¿Eso hubieras respondido?
Sí, por supuesto. Lo primero es que, en Perú, bajo dictadura, yo decidí ser escritor. Yo descubrí mi vocación literaria aquí. Yo leía en las combis, cuando se podía leer en una combi y no quedarte en el tráfico cuatro horas. Vivía en Magdalena. Yo tenía que tomar la combi y demoraba hasta la Universidad de Lima unos 40 minutos. Entonces, comencé a escribir aquí, mi primer libro lo publiqué aquí, tengo una historia de vida aquí. Y no solamente es la educación sentimental, también es un proceso de pertenencia. Uno no deja de reivindicar de dónde viene.
Yo te preguntaba por tus lugares, por París y por Lima, porque quería saber si en tus libros son simples escenarios o también son protagonistas
En muchos casos depende de a qué llames protagonista, pero, por ejemplo, La procesión infinita, que ocurre en París y en otros países, tiene partes en Lima y habla, por ejemplo, del tráfico, habla de cosas que son síntoma de lo que es vivir en una ciudad que está saturada y una ciudad que ahora mismo expresa lo que es la segregación y el racismo interno. Es insoportable, es triste, es trágico lo que está ocurriendo con la extorsión, el sicariato y los asesinatos diarios de ciudadanos, muchos de clase trabajadora. Y es terrible no solamente que el gobierno no esté haciendo nada y no haya hecho nada y niegue su parte de responsabilidad desde que estaba en el Congreso. ¿Qué es lo que me indigna? Por ejemplo, nosotros estamos acá, en San Isidro, y sabemos que probablemente no nos pase nada. ¿Y en los conos? Tú tomas un bus y podrías recibir un balazo. Entonces, sí, las ciudades son parte y protagonistas de lo que escribo, principalmente porque siempre está presente en lo que escribo el medio en el que ocurre todo. Soy un escritor de alguna manera realista, me gusta caminar, soy observador. Por ejemplo, La lealtad de los caníbales es una anticipación que quedó chica a la violencia policial que está ocurriendo ahora mismo en el Perú.
Llegas a Lima para presentar esta nueva edición de Bioy, que ha tenido un camino exitoso e interesante, pero entiendo que al inicio no fue así. Lo que te reclamaban antes de editarla era que era muy violenta.
Yo la escribí en Estados Unidos, antes de irme a París. Y mi agente la presentó, sin decirme, a un concurso literario y ganó. Pero antes de que eso ocurriera, ya la había presentado por lo menos a tres o cuatro editoriales que le habían dicho: Nos encanta, pero cómo te publico esto. Decían que comercialmente no era viable, por la violencia. Estoy hablándote del año 2010 y 2011. Y el camino editorial de Bioy fue accidentado precisamente porque ya desde la primera hoja es impactante y aparte hay un señuelo que te dice: Cambia el libro, cambia el autor, si esto no es para ti, déjalo. Yo estaba un poco cansado de las novelas de la violencia política que edulcoraban un poco este proceso, que había sido cruento. Y por eso una de las primeras escenas habla de Putis. Mucha gente en el Perú no sabe que la gente que fue asesinada por los militares ahí, primero tuvo que cavar su tumba.
De hecho, mucha gente no sabe dónde está Putis.
Sí. Parece mentira. Los sacan de su casa, les dicen que van a cavar una piscifactoría. Luego los matan y los entierran allí mismo. No hay película de terror peor que esa. Yo quería hacer una pequeña novela y después se me desbordó, y comenzó a crecer y yo quería avanzar en el tiempo, a partir del conflicto interno, pasando por la dictadura, y llegando hasta el presente de entonces. La idea era que había un militar que terminaba convertido en delincuente. Había un aliento policial y ante todo había una mirada descarnada hacia lo que a veces es difícil soportar.
Bioy ocurre en dos momentos históricos: 1986, año del mundial de México, que también es un año muy cruento en la guerra interna, y luego está la posguerra cuando el protagonista va por otro camino y se vuelve un delincuente. Es una crítica a la violencia que cometen los uniformados Y, frente a ello, me llama la atención que hayas contado que a ti leen policías.
Sí, me conocieron y me escriben.
¿Ahora mismo te escriben?
Ahora mismo no. Pero cuando estaba escribiendo La lealtad de los caníbales sí. Y no sé sus nombres, pero sí sé que son policías.
¿Eran mensajes alentadores?
Era gente que me decía: Hola, soy tal, soy suboficial, me han gustado mucho tus libros. Incluso hay uno que dice su nombre y se toma fotos con mis libros.
Hay uno que incluso busca tu libro en la feria Amazonas y luego los distribuye.
Es el mismo, sí. Y no hay problema. Es un policía que lee. Ojalá que muchos policías leyeran, digo yo.
Igual es inesperado.
No me lo esperaba, de verdad. El caso es que yo tengo esta página de Facebook a la que me llegan mensajes de todo tipo.
Y además tienes una posición política conocida.
Yo creo que no eran policías que rechazaran de plano lo que yo decía sobre la violencia de parte del gobierno. Era gente a la que le interesaba que yo hablase y a la que le habían interesado mis libros. De hecho, en un momento, cuando estaba escribiendo La lealtad de los caníbales, les pedí ayuda para describir algunas cosas con la jerga policial, porque en esa novela hay un comando que vive de la delincuencia. Y esa novela anticipa lo que vemos hoy.
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En 2017 le diste una entrevista a Juan Carlos Fangacio, de El Comercio, y él te preguntó qué habrías sido si no hubieses sido escritor. Y tú le respondiste: “Una respuesta bonita sería policía, pero como detesto la violencia diría que hubiera sido político”.
Sí.
¿Y hasta ahora piensas así?
Sí, lo que se necesita acá es hacer política, gente que crea que las cosas pueden mejorar.
¿Te has acercado a movimientos o grupos que compartan un pensamiento similar al tuyo?
Yo he llegado un poco tarde a ese proceso, siempre me interesó la política, pero en términos de militancia nunca he tenido una. Y sí he apoyado a determinadas personas, y ellos se apoyan en mí también, porque, pese a que ciertos medios me invisibilizan, o sea no les importa lo que yo digo por razones que no tienen nada que ver con la literatura, hay gente que me lee, y yo hago un poco el papel de columnista, desde mi propio huequito cibernético.
La posición política que tienes que es conocida, ¿te trae problemas habituales? Por ponerlo de otra manera, ¿eres una persona que pierde amigos durante los procesos electorales?
No, más bien me da satisfacción, porque hay gente con la cual he aprendido a conocer y he aprendido a discrepar. Lo más natural es la discrepancia. Yo no tengo ningún problema en conversar con un fujimorista, pese a que mi posición siempre será antifujimorista. Eso no ha cambiado. Pero ahora muchos escritores se callan, cuando antes hacíamos cartas. Ahora ganó Keiko y muchos no dicen nada, eso me parece terrible. Pero entiendo que yo estoy en Francia, no soy ningún tonto, y ellos están acá y es más difícil. Lo tengo claro, tampoco puedo ir de lindo por la vida diciendo: yo hablo y tú no.
Tengo otra cita tuya. Dices: "Estoy un poco de acuerdo con Vargas Llosa cuando señala que es un error que la literatura debe decirle a la gente cómo pensar". ¿Cómo se condice eso con tu actividad en redes sociales, con tu abierta simpatía por el progresismo?
Pero ahí dice literatura. Yo no hago literatura cuando escribo de la actualidad.
¿Y el contenido de los libros es otra cosa?
El contenido de los libros habla de política, pero no todos. Pero si yo presento un libro como Bioy, evidentemente vamos a tocar la política, porque habla precisamente de algo que vivimos ahora, cuando están haciendo la tontería que quieren hacer con el Lugar de la Memoria. Cobra vigencia porque hay quienes apuestan por falsificar la historia, por hacer que la gente que sufre se olvide del pasado y de cómo llegamos hasta esto. Pero cuando yo decía eso, hablaba precisamente de que Vargas Llosa y los escritores que me enseñaron a escribir, todos tenían una posición política y tenían espacio y micrófono y contribuían al debate. Yo podía estar en desacuerdo con Vargas Llosa, pero adoraba esa férrea defensa que él tenía de aquello en lo que creía.
Haz una crítica a la izquierda. ¿Cuál es la experiencia de izquierda en el Perú que ha sido más dañina para sus expectativas electorales?
Oro o agua. Eso nos mató. Humala nos traicionó muy rápidamente. Acá, el verbo que deberíamos usar siempre es voltear. Llegas y te voltean. Y eso está normalizado. La gente ya como que se acostumbra, está esperando a que, si llega un presidente de izquierda, que va a ser difícil que llegue, van a volteárselo de una u otra manera, o lo van a sacar, o van a encontrar la manera de meterlo preso ilegalmente, como a Pedro Castillo.
¿Y los hechos de corrupción, el caso de Susana Villarán?
Terrible. En el Perú rara vez llega la izquierda al poder. Y por eso mismo fue una decepción. Castillo también tuvo errores garrafales. Castillo no mantuvo su primer gabinete, que le daba un peso político, y por eso terminó transando con todo aquel que le asegurara quedarse. Y mira cómo terminó, de la peor manera, sigue preso.
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A ver, vamos a cambiar radicalmente de tema y vamos a hablar con tu yo músico. Cuando escuchas este verso: “Ella piensa en el silencio en el mundo, y en sus labios marchitados con el tiempo del placer. ¿Qué se te viene a la mente?
Plaza Cutervo. Y ese verso es del tema 'Ella puede morir'.
Efectivamente. En los 90 fuiste el frontman de Plaza Cutervo, una banda de rock, y también un cronista de la música, en la revista Caleta. Cuando vuelves a la ciudad, ¿todavía encuentras rastros de esa Lima?
Eran otras épocas. En esa época no existía internet como es ahora. Creo que empezaba Bandcamp, había forma de que tu música saliera, pero no había ese canal abierto para que todo el mundo, gratuitamente, pudiera escucharte. La radio tenía más poder para promover bandas. Y era una movida interesante.
Y me encanta la música, pero no creo que yo haya sido músico.
Pero eras el vocalista de la banda.
Sí, y escribía las canciones, pero no me planteé con seriedad una carrera.
¿Te animarías a decir si hay un tema del rock nacional que resuma ese tiempo?
Hay varios. Pero en mi cabeza siempre va a estar, del rock subterráneo, el 'Púdrete pituco', de Sociedad de Mierda. Aunque ese tema era de los ochentas. Y en los 90 pondría 'Los días y las noches', de Voz Propia. Me encanta que preguntes por esto, la banda tuvo cinco años de vida, pero nunca lo vi como un proyecto serio, del que íbamos a sacar algo. Igual no hubiera ocurrido, porque la literatura era mi destino. O sea, ser político no era mi destino. Y te voy a contar algo. Después de las matanzas de Dina Boluarte, me quisieron ofrecer el ministerio de Cultura.
¿En serio?
Sí. Alguien cercano a Dina Boluarte tanteó y a mí me indignó. Cómo vas a poner la cara después de que han matado gente. Y me indignó también porque fue como si me hubieran lanzado eso para demostrar que yo no tenía palabra y que me interesaba el poder. Es como si el plan hubiera sido: Vamos a demostrar públicamente que no tienes palabra ni principios, que eres un farsante.
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