Hay una contradicción particularmente irritante en los políticos que llegan al poder prometiendo redimir a los pobres y terminan rodeados de acusaciones de haber utilizado los recursos de esos mismos pobres para satisfacer sus apetitos y vicios personales. No es una contradicción exclusiva de la izquierda, pero adquiere una dimensión especialmente grotesca cuando sus protagonistas han construido toda su carrera sobre el pedestal de una supuesta superioridad moral, desde el cual denuncian los privilegios, la corrupción y la decadencia moral de las élites.
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