Una habitación oscura al fondo de un corredor, una voz que susurra detrás de nosotros en una calle solitaria o un cementerio desierto en plena noche, apenas cubierto por las sombras de árboles y mausoleos. Entonces se activa nuestro sistema nervioso, el corazón palpita más rápido, la piel se eriza, nos invade cierto temblor y sentimos ganas de huir o nos quedamos paralizados. Hemos entrado en contacto con una de las emociones más profundas y primitivas que compartimos todos los seres vivientes: el miedo.

Como dice la psicoanalista Graciela Cardó, el miedo forma parte de nuestra evolución como mamíferos. “Desde la etología –afirma– este sentimiento es importantísimo para la supervivencia porque activa los instintos de fuga o de parálisis. Lo preocupante sería más bien no registrarlo”. En otras palabras, sin el miedo no habríamos podido evolucionar como especie y, probablemente, pronto habríamos sucumbido ante depredadores, enfermedades o catástrofes naturales.

Pero los seres humanos no solo activamos el miedo frente a situaciones reales o amenazas potenciales, sino también frente a lo que está más allá de nuestros sentidos. H. P. Lovecraft, uno de los autores más emblemáticos del género de terror, lo expresó así en “El horror sobrenatural en la literatura”: “Los sentimientos basados en el placer y el dolor nacen en torno a los fenómenos comprensibles, mientras que alrededor de los fenómenos incomprensibles se tejen las personificaciones, las interpretaciones maravillosas, las sensaciones de miedo y terror”. Toda una veta explotada por cuentos, novelas, películas y videojuegos.

—El horror controlado—

“Desde el punto de vista psicoanalítico las emociones necesitan encontrar una manera de ser vividas por las personas. Los diferentes estados afectivos están a la búsqueda de objetos, ideas y representaciones que las puedan habitar. Ciertamente, la experiencia de Halloween nos da un vehículo, un ritual para experimentar sentimientos de miedo, ansiedad y terror”, comenta el psicoanalista Daniel Kantor. “Y pensando en las películas –concluye–, ellas nos permiten una disociación instrumental entre lo que sabemos no es real y las experiencias que abrazamos como si fuesen verdad”.

La Gran Calabaza de Halloween toma por sorpresa a dos personas en la cocina. Serie cómica publicada por la London Stereoscopic Company, hacia 1865. (Foto: London Stereoscopic Company/Hulton Archive/Getty Images)
La Gran Calabaza de Halloween toma por sorpresa a dos personas en la cocina. Serie cómica publicada por la London Stereoscopic Company, hacia 1865. (Foto: London Stereoscopic Company/Hulton Archive/Getty Images) / London Stereoscopic Company

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