"Sánchez no será ni por pasiva ni por activa el Ollanta del polo blanco o el Castillo sin sombrero porque ni la situación es la misma ni los alicientes tampoco".

A pocas horas del cara a cara contra su contrincante, Roberto Sánchez —días atrás— presentó su remozado equipo técnico que llegó ese domingo sin siquiera haber leído el plan primigenio.

El nuevo equipo técnico se presentó ese domingo pasado como el grupo garante que Sánchez presentó a jóvenes e indecisos, aunque valgan verdades, todos sabemos aquí que de garantes nada porque tanto Francke como Guerra García no aseguran ni media decisión. 

Sánchez no será ni por pasiva ni por activa el Ollanta del polo blanco o el Castillo sin sombrero porque ni la situación es la misma ni los alicientes tampoco.

De ganar, Sánchez no puede evitar decir o hacer varias cosas, entre ellas anunciar la convocatoria de una nueva asamblea constituyente, liberar a Castillo o ampliar los programas sociales. No lo puede ni lo debe hacer.

No lo puede hacer porque Sánchez no se ve en el espejo del domesticado Ollanta ni en la docilidad e inocencia de Castillo, dejar su lado radical significa soltar ese liderazgo para otro pez gordo en la propia izquierda con pretensiones de tiburón. Tampoco lo debe hacer porque —de hacerlo— es decir, de dejar de hacer lo que prometió en su plan y campaña primigenia —antes de que lleguen los invitados caviares— sería la muestra de debilidad más grande a diputados y senadores opositores que ya saben oler debilidades.  

Quienes quieran votar a este nuevo Sánchez renovado, a este Sánchez caviar que promete no hacer todo lo que ayer nomás juró que haría, no deben olvidar que este es el mismo candidato que se quedó a la mala con el partido de un buen hombre llamado Yehude Simon, quien lo conoce por angas y por mangas y es testigo fiel de sus traiciones. Si Simon —quien lo trató como un padre a su hijo— fue traicionado, ¿cree que no hará lo mismo con Francke?

Sánchez ni sus garantes dan garantías de centralidad y mesura. Por el contrario, los grandes esfuerzos reiterados para ahora mostrarse en el centro son camuflajes que deben levantar suspicacias. 

Que uno no vote por Sánchez no quiere decir que en la vereda del frente la cosa está todo bien. Por el contrario, hay mucho que mejorar y francamente tampoco es que se vaya con todos los ánimos a votar por Fujimori, pero en la medición de la balanza, es mejor que Keiko gane ahora a entregar el país a la incertidumbre total. Señores, ha llegado la hora de la definición. Por ahora hay más incentivos y alicientes para que Sánchez haga lo que se ha propuesto a que obedezca a Francke y compañía.

Leer artículo completo en peru21.pe →