Cuando llegó al municipio, Maldonado prometió orden, seguridad y modernización. El discurso era atractivo: recuperar el distrito más poblado del país, enfrentar a la delincuencia y darle a San Juan de Lurigancho una gestión distinta. Pero lo que quedó después de estos años fue otra cosa: calles tomadas por la inseguridad, vecinos abandonados y una municipalidad convertida en refugio de militantes y recomendados de Somos Perú.

La delincuencia siguió creciendo mientras la gestión municipal parecía más preocupada en producir contenido para redes sociales que en diseñar políticas reales de seguridad ciudadana. Los vecinos no recuerdan grandes operativos, ni estrategias sostenidas, ni liderazgo frente a las mafias que azotan el distrito. En muchos sectores de San Juan de Lurigancho, el miedo se volvió rutina. Y eso, en cualquier balance serio, constituye un fracaso político monumental.

Pero quizá uno de los aspectos más lamentables de esta administración fue el abandono absoluto de la cultura. Un distrito gigantesco, con millones de habitantes y una enorme riqueza popular, merecía una agenda cultural vigorosa: bibliotecas vivas, festivales, talleres juveniles, recuperación de espacios públicos y programas para niños. No hubo nada de eso. La cultura fue tratada como un adorno inútil, cuando precisamente en distritos golpeados por la violencia debería ser una herramienta de transformación social.

A esto se suman los cuestionamientos sobre presuntos manejos oscuros del presupuesto municipal. Porque cuando una gestión no muestra obras emblemáticas, ni resultados claros, ni mejoras visibles en la calidad de vida, inevitablemente surge la pregunta: ¿en qué se gastó el dinero del distrito? La opacidad, el exceso de operadores y la falta de explicaciones convincentes solo alimentan las críticas.

Lo más desconcertante es que, pese a este balance desastroso, Jesús Maldonado pretendería mantenerse vigente políticamente buscando ahora una candidatura como teniente alcalde con Somos Perú. Es decir: después de una gestión ampliamente cuestionada, en lugar de asumir responsabilidades, intentaría reciclarse dentro del mismo aparato político que convirtió al municipio en una maquinaria de favores.

En el Perú, la mala política tiene esa extraña habilidad de reproducirse incluso después del fracaso. Y San Juan de Lurigancho merece algo mejor que administraciones improvisadas, operadores partidarios y alcaldes que prometen transformación mientras dejan un distrito más inseguro y abandonado.

Evitemos otro Mal…donado.

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