En el complejo tablero de la política peruana, la reunión entre ciudadanos y gobernantes nos sitúa ante un dilema eterno: ¿cómo tender puentes sobre un abismo de desconfianza? Esta desconfianza institucional no es una percepción abstracta, sino que se alimenta de factores estructurales como la corrupción, la falta de transparencia en la gestión, la ineficiencia del Estado y, fundamentalmente, el incumplimiento sistemático de acuerdos previos, lo que debilita la credibilidad y reactiva las crisis.
Para comprender cómo transitar de la confrontación al diálogo, el mito de Hermes, el dios de la comunicación, ofrece lecciones vigentes.

1. Del conflicto al intercambio: la dimensión subjetiva y el ingenio de Hermes

El inicio de la relación entre Hermes y Apolo fue de absoluta discordia. El recién nacido Hermes robó el ganado de Apolo y recurrió al engaño para ocultar sus huellas. Ante la furia de Apolo, quien llevó al «ladronzuelo» ante el tribunal de Zeus, Hermes no se limitó a negar; cuando la evidencia fue irrefutable, apeló al ingenio y la persuasión.
En la realidad peruana, los conflictos suelen estar precedidos por una escalada de las emociones, donde la violencia verbal y el agravio convierten un problema objetivo en una situación dramática. Esta dimensión subjetiva es crítica: cuando a un grupo social se le atribuyen etiquetas falsas o insultantes, se genera un «efecto combustible» que cohesiona a la comunidad alrededor de su dignidad y la empuja a la ofensiva, cerrando el espacio para la negociación.

Frente a esto, el negociador debe actuar con el ingenio de Hermes, quien detener el conflicto debía ofrecer algo de valor. Sacó la lira que había inventado y tocó una melodía tan cautivadora que Apolo, encantado, aceptó el trato: el ganado a cambio de la música. Técnicamente, esto implica la capacidad de separar a las personas del problema, evitando que las tensiones personales y las emociones negativas saboteen el proceso. Una herramienta poderosa es el silencio activo (estrategia de no intervención explícita), que permite al servidor civil observar las dinámicas de poder y facilitar una respuesta más reflexiva y menos polarizada.
“Cuando la negociación se blinda con datos verificables y transparencia, la narrativa del insulto pierde su poder coercitivo.”
2. Legitimidad frente al estigma y la desinformación
Un obstáculo recurrente es el llamado «terruqueo», una práctica de estigmatización que criminaliza demandas sociales legítimas mediante etiquetas que buscan silenciar al oponente. Esta narrativa suele ser impulsada por la desinformación mediática, donde se distorsiona la realidad de los hechos para exacerbar las tensiones y polarizar a las partes.

Para neutralizar el estigma, la gestión de conflictos debe basarse en la transparencia y el uso de criterios objetivos. El servidor civil debe recurrir a normas legales, informes técnicos independientes o estándares internacionales —como el Convenio 169 de la OIT sobre consulta previa— para guiar la toma de decisiones y evitar discusiones subjetivas. Cuando la negociación se blinda con datos verificables y transparencia, la narrativa del insulto pierde su poder coercitivo.

3. El rol del servidor civil como agente de cambio social
La gestión de conflictos requiere que el servidor público no sea solo un administrador, sino un agente de cambio social.

Al igual que Teseo, quien unificó el Ática mediante la negociación individual y el respeto a la autonomía de los clanes, además les prometió un sistema en el que, aunque él ejerciera el mando, existirían una democracia y un tribunal de justicia común, el mediador moderno debe poseer habilidades interpersonales clave:
- Empatía: Capacidad de comprender que, para muchos, la protesta no es solo un reclamo de recursos, sino una lucha por su identidad y supervivencia como comunidad.
- Escucha activa: Validar las emociones del interlocutor con frases que reconozcan su incertidumbre, creando un ambiente de contención y confianza.
- Pensamiento estratégico: Anticipar que la desconfianza será un obstáculo y diseñar planes que integren la gestión territorial y la articulación entre diversos niveles de gobierno.
4. Flexibilidad y seguimiento: para que el bienestar no sea un mito
Una lección fundamental es no llegar a la mesa con una sola propuesta; el flujo de alternativas —como el intercambio de la zampoña por el cayado de oro entre Hermes y Apolo— es lo que impide que una mesa se rompa. Sin embargo, la firma de un acta no es el fin del camino; el éxito depende del «qué, cómo, cuándo y con qué». Sin un monitoreo y seguimiento riguroso de los acuerdos, el conflicto se reactiva inevitablemente, tal como las disputas entre Zeus y Hera solo se apaciguaban mediante pactos específicos.
Para garantizar que el bienestar pase de «relato» a realidad palpable, es indispensable establecer mecanismos de seguimiento transparentes. El uso de plataformas digitales y la participación de la sociedad civil en la vigilancia de los compromisos son esenciales para optimizar la coordinación y asegurar que el Estado no sea percibido como un «Estado ausente» o inconexo.

La negociación política en contextos de alta desconfianza no es una rendición, sino un acto de gobernabilidad democrática. La democracia es, en esencia, una oportunidad laboriosa para abordar conflictos e imprimir un sentido al juego de intereses. Solo mediante un diálogo genuino que respete las narrativas de todas las partes y garantice el cumplimiento tangible de lo pactado, podremos asegurar que la paz social no sea un relato mitológico, sino el estado de convivencia armoniosa de nuestra sociedad.
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