Terminó la jornada electoral. Más allá de quién resulte finalmente ganador cuando concluya el proceso oficial, el verdadero desafío para el próximo Gobierno recién comienza.
Los resultados dejan una señal difícil de ignorar. Por ejemplo, más del 80% de los electores de Puno respaldó a Roberto Sánchez, así como más del 70% en Cusco y Huancavelica. Del otro lado, Keiko Fujimori obtuvo más del 60% de respaldo en Tumbes y Lima Metropolitana, y superó el 50% en Ucayali. Más que una disputa entre candidatos, los resultados reflejan la distancia que aún separa a distintos sectores del país.
Detrás de los votos surgen las brechas económicas y sociales que el Estado no ha logrado cerrar durante décadas.
La primera tarea del próximo Gobierno será entender esa realidad. El crecimiento económico permitió reducir la pobreza, atraer inversión y modernizar parte del país. Sin embargo, sus beneficios no se sintieron con la misma fuerza en todas las regiones ni en todos los hogares. Mientras en Lima el debate suele concentrarse en la coyuntura política o los indicadores económicos, en muchas zonas del interior del país las preocupaciones siguen siendo mucho más básicas: acceso al agua potable, servicios de salud, educación, infraestructura y oportunidades para progresar.
Para miles de familias, el Estado sigue teniendo una presencia esporádica: aparece frente a una emergencia, pero permanece ausente en la vida cotidiana. Y los candidatos surgen en medio de los procesos electorales.
No debería sorprender, entonces, que el descontento reaparezca en cada proceso electoral. Cuando una persona percibe que el Estado no resuelve sus problemas más básicos, resulta difícil pedirle confianza en las instituciones o en las promesas de campaña.
Por supuesto, el país enfrenta otros desafíos urgentes. La inseguridad ciudadana se ha convertido en una amenaza para las familias y para la actividad económica. La extorsión golpea tanto a grandes empresas como a pequeños emprendedores. Asimismo, será indispensable fortalecer la confianza para impulsar la inversión y generar empleo formal.
Cualquiera sea el resultado final, el próximo Gobierno enfrentará un escenario complejo. La legitimidad no vendrá solo de las urnas, sino de su capacidad para responder a demandas que llevan años acumulándose y para generar consensos en un país cada vez más fragmentado.
En los próximos días habrá debates sobre el desenlace electoral. Pero la discusión más importante debería ser otra: cómo evitar que dentro de cinco años volvamos a encontrarnos frente al mismo país fragmentado, con las mismas brechas y frustraciones.
Las urnas han hablado, pero el mensaje va mucho más allá del veredicto electoral. Lo que han dejado al descubierto es una distancia que el país no puede seguir administrando como si fuera normal. Reducirla será la verdadera medida del éxito del próximo Gobierno.
Víctor Melgarejo es director periodístico (e) de Gestión.
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