Como todo viaje largo en avión siempre habrá turbulencia, y vaya que estas elecciones presidenciales no culminaron con el balotaje final, sino que se prolongarán por cinco años más con el gobierno entrante. Por tal motivo, al ganar Keiko Fujimori por un margen estrecho (un empate técnico según boca de urna de las encuestadoras) contra su rival Roberto Sánchez, todos debemos ajustarnos los cinturones mientras esperamos un aterrizaje tranquilo.
Digo que los sufragios se prolongarán porque los miembros del antifujimorismo no bajarán los brazos en el conteo de votos, esperarán hasta el último goteo de ánforas e impugnarán otro puñado de actas. De concretarse el triunfo oficial, los electores contrarios a Keiko Fujimori mantendrán una oposición férrea, sin luna de miel de por medios, ni tiempo de dudas para este quinquenio.
Sin embargo, en caso las autoridades competentes confirmen el peso de la balanza a favor de la lideresa de Fuerza Popular, este año debería ser un punto de quiebre para acabar con la polarización extrema en la que vivimos cada elección presidencial, así como una soñada reconciliación nacional, porque no creo que haya peruano que añore vivir en una disputa eterna que solo frena el avance económico y social del país.
Lo digno también es reconocer la decisión de los ciudadanos y que el nuevo inquilino de palacio conforme un gobierno de matices, que convoque a los nuevos miembros del Congreso y a sus líderes para tender puentes sin revanchismo. Por lo demás, resalto lo positivo de esa segunda vuelta, que, al cierre de esta columna, nos deja las calles serenas, expectantes de conocer al nuevo gobernante. Mientras tanto, nos ajustamos el cinturón para lo que se viene.
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