Si el presidente José María Balcázar comete el gravísimo error de indultar al exmandatario Pedro Castillo, para lo cual se están dando ciertas movidas oscuras en EsSalud desde hace varias semanas, incluyendo el cambio del presidente ejecutivo, el Congreso saliente estaría en la obligación de censurar al jefe de Estado interino y echarlo por la puerta falsa de Palacio de Gobierno por haber violentado la ley a fin de poner en la calle a un sujeto que no tiene sentencia en última instancia.
Pero más allá del aspecto formal que impediría la salida de este sentenciado preliminarmente por los sucesos del 7 de diciembre de 2022, cualquiera que ponga en la calle a un vil golpista que desde el despacho presidencial dispuso el cierre del Congreso, la toma del sistema de justicia, la convocatoria a una asamblea constituyente y hasta detenciones arbitrarias, quedaría moralmente incapacitado para seguir conduciendo el país, aunque falten menos de dos meses para dejar el cargo.
Miren lo que pasó con José Jerí, el antecesor de Balcázar, quien fue retirado del cargo por reunirse en secreto con empresarios chinos y por una seguidilla de mentiras denunciadas por los medios. Eso, en comparación con liberar a un golpista que además está bajo investigación del Ministerio Público por graves casos de corrupción que implican hasta el recibir sobres con dinero en efectivo, con el agravante de que se le estarían inventando enfermedades en EsSalud, es nada.
No por gusto en los últimos días se ha producido la salida de dos ministros, primero fue el de Trabajo y Promoción del Empleo, del que depende EsSalud; y el de Comercio Exterior y Turismo, este último casi al mismo tiempo en que un nuevo pedido de indulto en favor de Castillo fue enviado a la comisión respetiva del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos para evaluación. Parece que hay desesperación en Palacio de Gobierno por liberar al último golpista de nuestra agitada vida republicana, y que algunos ministros no están de acuerdo.
Poner a Castillo en la calle sería una afrenta para el país y en especial a la democracia y la legalidad. El que comete un delito de ese calibre, tiene que asumir las consecuencias, sin lloriqueos ni hacerse el enfermo en complicidad con el poder. Además, un antecedente como este, en que un golpista la libra tan fácilmente, implicaría abrirle las puertas a cualquier otro aventurero que tenga intenciones de patear la Constitución para asumir poderes absolutos, sabiendo que luego le abrirán las rejas. Un tremendo peligro.
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