Los resultados muestran el primer retroceso significativo de la confianza para invertir en lo que va del año. En marzo, la confianza empresarial para invertir en los próximos seis meses retrocedió a niveles no vistos desde inicios de 2024 —cuando la economía apenas comenzaba a recuperarse de la recesión de 2023—, aunque se mantiene en terreno optimista.

Este deterioro no refleja un empeoramiento de la economía —que hasta febrero mostraba un desempeño sólido—, sino la confluencia de tres choques que elevaron la incertidumbre empresarial en pocos días.

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Hasta febrero, los indicadores económicos seguían apuntando a una economía sólida. Los indicadores vinculados a la inversión privada crecían a buen ritmo: el consumo interno de cemento y las importaciones de bienes de capital aumentaban cerca de 12% interanual cada uno en el periodo enero–febrero.

Por el lado del consumo, el índice del BBVA —que recoge las transacciones con tarjetas de débito y crédito y está altamente correlacionado con el gasto de los hogares— registraba una expansión interanual de 18.4% al 7 de marzo, una tasa similar al 19% observado en enero–febrero.

En este contexto, estimamos que el PBI no primario habría crecido alrededor de 4.1% en febrero.

En el frente financiero, las condiciones para los negocios también se mantenían favorables: el tipo de cambio sol-dólar se ubicaba en su nivel más bajo en cinco años, la inflación se mantenía controlada en 2.2% y las tasas corporativas de corto plazo tocaban su nivel más bajo desde 2022.

Así, todo apunta a que la economía habría mantenido un buen desempeño en febrero, y que fueron los choques de marzo los que interrumpieron este entorno favorable.

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Los choques que cambiaron el rumbo de las expectativas

El primero fue la crisis energética derivada de la ruptura del gasoducto principal del país a inicios de mes. Casi la mitad de los clientes del SAE —49%— reporta que el impacto sobre su producción o provisión de servicios fue negativo: 13% lo califica como muy negativo y 36% como algo negativo.

El episodio afectó directamente a sectores intensivos en energía —manufactura, agroindustria y pesca— y dejó expuesta una vulnerabilidad estructural del sistema energético que va más allá del incidente puntual.

Pero el impacto no se limitó a la producción. El episodio también deterioró la confianza empresarial al reabrir dudas sobre la seguridad energética del país. Para muchas empresas, la interrupción implicó ajustar operaciones, activar planes de contingencia y asumir costos no previstos en sus presupuestos.

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